Beatriz Torres Díaz tiene diecisiete años y una vida que la ha obligado a crecer antes de tiempo: su madre lleva casi seis años en coma, vive sola en una casa heredada que se cae a pedazos y sobrevive al acoso diario de una compañera de…
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Beatriz Torres Díaz tiene diecisiete años y una vida que la ha obligado a crecer antes de tiempo: su madre lleva casi seis años en coma, vive sola en una casa heredada que se cae a pedazos y sobrevive al acoso diario de una compañera de clase. El primer día del último curso, mientras espera a que alguien le cure una ceja abierta, conoce a Simón Sánchez O'Brian, el nuevo tutor de segundo de bachillerato. La atracción es inmediata y mutua, y también imposible: los separan catorce años, un aula y un pasado que él no cuenta. Una novela romántica española sobre el momento en que el corazón deja de escuchar a la razón.
En un pueblo pequeño rodeado de campos y bosques, donde no hay ni semáforos ni transporte público, Beatriz Torres Díaz empieza segundo de bachillerato con una herida en la ceja y la certeza de que el curso va a ser largo. Se la ha hecho Angélica, la chica guapa del instituto, que sigue culpándola de un desaire del año anterior y ha prometido cebarse con ella. Beatriz encaja el golpe como encaja casi todo: en silencio, mintiendo sobre lo ocurrido, sin pedir ayuda a nadie.
La novela avanza en primera persona, con la voz irónica y algo defensiva de una adolescente que ha aprendido a protegerse. Beatriz tiene diecisiete años y una biografía que no se parece a la de sus compañeros: su madre lleva casi seis años ingresada en coma en el hospital de la comarca, su padre desapareció la misma noche en que aquello ocurrió, y desde hace dos años vive sola en la vieja casa de payés familiar sin que los servicios sociales lo sepan. Cada jueves y cada sábado recorre en tren el trayecto hasta el hospital con un ramo de flores silvestres: uno para su madre, a la que lee los cuentos infantiles que escribe e ilustra en secreto, y otro para Minerva, una anciana de setenta y tantos con cáncer terminal, pelo naranja y chaleco de flores cosidas, que se ha convertido en su única confidente y en algo muy parecido a una abuela.
Ese mismo primer día aparece Simón Sánchez O’Brian. Tiene treinta y un años, ojos azules, un acento inglés difícil de ubicar y un maletín de cuero gastado. Es el nuevo tutor de su clase y su profesor de historia del arte. La cura, la lleva a casa bajo el aguacero en un todoterreno con los limpiaparabrisas chirriantes, la hace reír por primera vez en mucho tiempo y le arranca la promesa de dejarle leer sus historias. Entre ellos se instala desde el principio una complicidad que ninguno de los dos sabe nombrar y que ambos disimulan mal: miradas sostenidas un segundo de más, mejillas encendidas, un silencio que no incomoda.
Beatriz reconoce el vértigo por lo que es —Minerva se lo confirma sin escandalizarse, más divertida que preocupada— y al mismo tiempo lo declara imposible. La diferencia de edad, el aula, la certeza aprendida de que acercarse a un hombre es la receta perfecta para sufrir. Simón, por su parte, llega al pueblo huyendo de un pasado turbio del que no habla y que sugiere que su nueva vida como profesor es tanto un comienzo como una fuga.
Con el instituto, el hospital y la casa vacía como escenarios, la novela contrapone la ligereza de un enamoramiento adolescente al peso real de lo que Beatriz sostiene sola: el acoso, el abandono, la enfermedad, la despedida que sabe que se acerca. Un relato sobre el primer amor cuando llega en el peor momento y en la persona menos conveniente, y sobre lo que cuesta bajar la guardia cuando la vida ha enseñado a no bajarla nunca.
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