Una mujer aparece asesinada en su dormitorio, dentro de una casa cerrada por dentro y con las llaves aún colgadas en el recibidor. La sargento de detectives Jessica Daniel deberá explicar lo imposible antes de que el asesino, que ya ha…
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Una mujer aparece asesinada en su dormitorio, dentro de una casa cerrada por dentro y con las llaves aún colgadas en el recibidor. La sargento de detectives Jessica Daniel deberá explicar lo imposible antes de que el asesino, que ya ha elegido a sus siguientes víctimas, vuelva a actuar.
En un sábado de mayo que empieza demasiado temprano, una llamada rompe la rutina de Jessica Daniel: hay algo gordo en una calle de Gorton, al este de Manchester. Recién ascendida a sargento de detectives, con ocho semanas en el cargo y un Fiat Punto que delata su llegada por el ruido del tubo de escape, Jessica acude a un chalet adosado de ladrillo rojo, mejor conservado que sus vecinos, con la puerta principal colgando de la bisagra inferior porque el equipo táctico tuvo que derribarla de madrugada.
Arriba, en un dormitorio inundado de sol, el cuerpo de Yvonne Christensen lleva un par de días sobre la cama. La causa de la muerte es visible antes de que llegue el equipo forense. Pero lo que detiene a Jessica no es la escena, sino un detalle doméstico: las llaves de la casa siguen colgadas de un gancho en el recibidor, y encajan tanto en la puerta delantera como en la trasera. Las ventanas están cerradas por dentro, ninguna cerradura muestra signos de haber sido forzada, no falta el portátil ni el televisor ni el móvil que la vecina oyó sonar al otro lado de la puerta. Nadie entró. Nadie salió. Y, sin embargo, alguien estuvo allí.
A partir de esa contradicción, la investigación avanza por el terreno menos glamuroso del oficio: puerta a puerta por una calle donde las cortinas se mueven pero nadie vio nada, un té amargo en la cocina de la amiga que dio la voz de alarma, un exmarido con coartada y sin llave, un hijo en la universidad al que hay que localizar, y un laboratorio desbordado por los destrozos del fin de semana. Jessica trabaja sobre el terreno mientras su superior, el detective-inspector Jack Cole, dirige desde la comisaría de Longsight; el detective David Rowlands aporta el contrapunto burlón que hace habitable un trabajo así. El humor negro de la sala no es indiferencia: es la distancia mínima que permite seguir mirando.
El lector, en cambio, sabe algo que la policía ignora. Antes del primer capítulo, alguien comprobó con mano enguantada que la casa quedaba sellada, celebró que meses de planificación hubieran funcionado y admitió que lo más difícil fue el acto final. También dejó claro que no siente remordimiento alguno, y que habrá más. Esa ventaja narrativa convierte cada avance de la investigación en una carrera contra un plan ya en marcha.
Más que un enigma de habitación cerrada resuelto con ingenio abstracto, la novela funciona como un retrato del trabajo policial en una ciudad concreta: presupuestos ajustados, grabadoras de casete que hacen naufragar juicios, guardias que se solapan, coches oficiales y sándwiches de máquina expendedora. Manchester —Hulme, Gorton, Longsight, la Milla del Curry— no es decorado sino contexto, y Jessica, con sus trajes desparejados y su desorden asumido, es una protagonista sin épica que compensa la falta de recursos con obstinación y con la costumbre de mirar dos veces lo que todos han dado por normal.