Relato breve protagonizado por Leia Organa durante los años posteriores a Endor, cuando la Nueva República aún libra una guerra contra el señor de la guerra imperial Zsinj.
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Relato breve protagonizado por Leia Organa durante los años posteriores a Endor, cuando la Nueva República aún libra una guerra contra el señor de la guerra imperial Zsinj. De regreso de una larga misión diplomática en el Cúmulo de Hapes, y sin haber conseguido una respuesta clara de la Reina Madre, Leia pasa una noche en vela a bordo de su nave repasando lo que ganó y lo que perdió en el camino. El texto cambia la escala épica por una escala íntima: no hay batalla, solo una mujer que intenta llamar por comunicador a alguien que no responde.
La historia arranca con un insomnio. Han pasado apenas unas horas desde que la Princesa Leia Organa abandonó el Cúmulo de Hapes y todavía no logra ordenar lo que vio y lo que escuchó allí. Enviada por Mon Mothma y el Consejo para negociar apoyo militar en la guerra de la Nueva República contra el renegado Zsinj, Leia ha recorrido durante semanas los sesenta y tres mundos habitados de un pueblo célebre por su hermetismo, encadenando recepciones, cenas y ceremonias sin obtener nunca una respuesta firme.
El centro del relato es un encuentro con la Ta’a Chume, la Reina Madre hapaniana, reconstruido en retrospectiva. La conversación se desvía pronto del guion diplomático: Hapes está dispuesta a dar, pero a cambio de algo que no se le pide a la Nueva República sino a Leia en persona. La escena se cierra sin nombrar ese precio. Queda solo un elogio a la fortaleza de la embajadora, la promesa de una decisión futura y una sonrisa que la protagonista no consigue descifrar. Esa ambigüedad —el lector intuye más de lo que Leia admite entender— sostiene la tensión de todo el texto.
En paralelo corre una segunda línea, más personal y más dolorosa. Hapes huele y se siente como Alderaan, y esa semejanza abre en Leia una nostalgia que no tenía prevista: por un instante imagina una vida junto a Han en un mundo así, y la fantasía la desarma más que cualquier negociación. La victoria sobre el Imperio prometía calma y en cambio ha traído una sucesión de escaramuzas; Luke persigue el rastro de los Jedi, Han persigue a Zsinj, y la familia que Leia acaba de descubrir se le escapa entre misiones. El deber primero, ella después: así fue criada y así se exige a sí misma, aunque una parte pequeña y persistente solo quiera huir.
El desenlace es deliberadamente antiheroico. Leia decide dejar de compadecerse, pide al capitán de la nave que contacte al General Solo y espera con una sonrisa la voz que lleva más de dos meses sin oír de cerca. Lo que llega es una disculpa: demasiada distancia, o combate en el frente. La Princesa corta la transmisión, avanza unos pasos hacia su alcoba y no llega. Se permite entonces algo que hacía semanas o meses no se permitía, y el relato termina en ese llanto largo, sin consuelo ni epílogo.
Es una pieza corta de tono contenido, escrita como estudio de personaje más que como aventura: interesa el desgaste privado que hay detrás de una figura pública, el precio de la disciplina emocional y la soledad de quien siempre es la opción más lógica para la tarea más difícil. Se publica como trabajo amateur, traducido y maquetado por aficionados hispanohablantes, con distribución gratuita y sin fines comerciales.