Un profesor de sencientología en la Universidad de Sanbra recibe una visita imposible: un miembro de una especie que los registros oficiales dan por extinta desde hace décadas.
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Un profesor de sencientología en la Universidad de Sanbra recibe una visita imposible: un miembro de una especie que los registros oficiales dan por extinta desde hace décadas. Mientras la presión imperial estrecha el cerco sobre su departamento y sobre su ambiciosa guía de especies inteligentes, Tem Eliss debe decidir si acepta escuchar —y consignar por escrito— un testimonio que contradice la versión aprobada de la historia. Un relato breve sobre archivos, memoria y el precio de nombrar lo borrado.
Ha sido una semana difícil para el profesor Tem Eliss. El despido por orden imperial de un colega del Departamento de Historia ha dejado el campus en estado de alarma, los oficiales del régimen vigilan de cerca su trabajo y el Departamento de Estudios Racionales espera el primer volumen de su guía de la vida inteligente antes de que acabe el curso. Entre conferencias, proyectos por evaluar y jornadas que su fisiología mide en veintisiete horas, Eliss encuentra tiempo para leer un catálogo rival de tono abiertamente propagandístico; la lectura no lo desanima, más bien afila su determinación de dejar constancia de otra cosa.
Entonces suena el timbre de su despacho fuera del horario de tutorías. Por un instante el profesor imagina lo peor —una escolta armada, un traslado a un centro de interrogación—, pero quien aguarda en el pasillo mal iluminado es un visitante menudo, reptiliano, de cola bífida, que antes de sentarse quiere asegurarse de que nadie más escucha. Su petición es tan escueta como desconcertante: que Eliss escriba la verdad sobre su pueblo. Y su pueblo, según los archivos que el propio profesor consulta a diario, dejó de existir hace generaciones.
Lo que sigue es una conversación tensa entre dos formas de entender el conocimiento: la del erudito que cataloga especies desde la seguridad relativa de una oficina con barrotes en la ventana, y la del superviviente que carga con una historia que el poder ha reescrito como suicidio colectivo. El relato se sostiene en ese cara a cara —la desconfianza inicial, el temor a los dispositivos de escucha, la conciencia de que aceptar el encargo tiene consecuencias— y convierte un gesto aparentemente burocrático, incluir una entrada en una enciclopedia, en un acto de resistencia.
Breve, sobrio y construido casi enteramente sobre el diálogo, este texto funciona como pieza de ambientación y como reflexión sobre el trabajo de los archivistas bajo regímenes que controlan el relato. Quien lo lea encontrará menos acción que atmósfera: despachos vigilados, propaganda impresa, especies convertidas en notas al pie y la pregunta de qué se pierde cuando un nombre desaparece de los registros oficiales.
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