En una península donde los últimos humanos resisten el acoso de los rankog, el joven prospector Helan descubre bajo la montaña un lago inmenso y un embarcadero cubierto de signos que nadie sabe leer.
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En una península donde los últimos humanos resisten el acoso de los rankog, el joven prospector Helan descubre bajo la montaña un lago inmenso y un embarcadero cubierto de signos que nadie sabe leer. Ese hallazgo, vestigio de una civilización anterior, llega en el peor momento posible: una Iglesia en auge está tomando el control del reino y no tolera preguntas sin respuesta previamente autorizada.
La humanidad ya perdió el continente. Empujada hacia el oeste por los rankog, una raza guerrera venida de las estepas, sobrevive replegada en una península estrecha, vigilando siempre la cordillera del norte que hace de frontera y de última defensa. Los hombres se saben exiliados aunque hayan pasado generaciones, y su única alianza firme es la que mantienen con los ayas, confinados como ellos. Los inviernos de malas cosechas se cuentan por hambrunas, y cada recurso nuevo vale tanto como una victoria militar.
Bajo la ciudad de Ter–Carlak se extiende un laberinto de galerías excavadas durante milenios por los sangrai, los topos inteligentes que horadaron las montañas y se fueron. Helan, hijo de uno de los armeros más reputados del reino, ha renunciado a la fragua para recorrer esos túneles como prospector de metales, una elección que su padre nunca acabó de perdonarle y que el resto de la ciudad interpreta como un desperdicio. Una noche, guiado por la inquietud de Sabandija, su hurón, desemboca en una playa de arena negra a orillas de un lago subterráneo de agua dulce, tan vasto que no alcanza a ver sus límites. En la orilla hay un embarcadero: sólido, armonioso, construido con un sentido de la belleza que los sangrai jamás tuvieron. En su muro, grabada en la piedra, una secuencia de signos que parecen escritura.
Helan lleva el calco a Loren, su mejor amigo y valedor, coordinador de los gremios de herreros–químicos y de arquitectos–historiadores. Ninguno de los dos logra identificar los signos, y sin embargo Loren no parece decepcionado: parece confirmado en algo. Antes de acudir al rey le pide silencio sobre la inscripción. La ciudad ha cambiado mientras Helan estaba bajo tierra. Las tabernas han cerrado por orden real, los vecinos se miran de reojo, y hombres con capas negras patrullan las calles amparados por unos alguaciles que prefieren no intervenir. La Iglesia de la Única Verdad ha desplazado a los gremios en el favor de Landerius III, ha empezado a encerrar herejes y sostiene, como dogma, que la inteligencia pertenece sólo a los hombres y —por ahora— a los ayas. Esa doctrina ya ha costado al reino el comercio y la amistad de los samán isleños; a nadie escapa que los ayas pueden ser los siguientes.
En la audiencia, el descubrimiento se presenta a medias: el lago sí, la pesca sí, la escritura no. El rey ordena explotar el hallazgo cuanto antes y pone a Loren al frente, una decisión que el pontífice Rocarela celebra por razones propias, pues aleja de la corte al último hombre capaz de contrapesar su influencia. Loren obtiene además permiso para llamar a los ayas, y sale de palacio sabiendo que la sospecha ya está sembrada. Para Helan, acostumbrado a las galerías como a un territorio propio, compartirlas resulta casi una intrusión; le cuesta más aceptar la otra lección de la noche, la que Loren le formula en voz baja sobre una mesa de taberna: que quienes parten de la duda tienen el camino difícil, y que precisamente por eso conviene no quedarse solos.
«Enemigos del hombre» construye un mundo de razas conscientes, gremios que investigan, fronteras que no aguantarán siempre y un poder religioso que crece en el vacío que dejan el miedo y la escasez. Lo que Helan encontró en la orilla de ese lago no es sólo comida para los inviernos: es la prueba de que alguien estuvo allí antes, sabía escribir y desapareció. Averiguar quién puede cambiar el destino de todas las razas de la península; y averiguarlo, en el reino que se está construyendo sobre Ter–Carlak, empieza a ser un delito.
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