Reunión de tres ensayos de Hans Magnus Enzensberger escritos entre 1992 y 2006, ampliados con una coda de 2015 sobre la rebelión Taiping. El volumen recorre la experiencia alemana con la inmigración y la xenofobia, el espejismo de los…
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Reunión de tres ensayos de Hans Magnus Enzensberger escritos entre 1992 y 2006, ampliados con una coda de 2015 sobre la rebelión Taiping. El volumen recorre la experiencia alemana con la inmigración y la xenofobia, el espejismo de los «dividendos de la paz» tras la Guerra Fría y la lógica íntima del terror contemporáneo. Textos que el autor reedita casi intactos porque los conflictos que describen, lejos de disolverse, se han vuelto más urgentes.
Enzensberger abre el volumen con una constatación incómoda: bastaba asomarse a la puerta de casa, pasar por una oficina de inmigración o viajar en metro para desmentir dos certezas repetidas durante décadas —que la Historia había terminado y que Alemania no era tierra de inmigrantes—. De esa impaciencia nacen los textos aquí reunidos.
«La gran migración», escrito en 1992 tras los ataques mortales de Hoyerswerda, Mölln o Solingen, avanza en treinta y tres acotaciones breves que rehúyen la tesis cerrada. El sedentarismo, recuerda, es una adquisición tardía de nuestra especie; la regla histórica ha sido el movimiento, pacífico o forzado. De ahí surgen dos parábolas que atraviesan el ensayo: el compartimento de tren, donde quienes acaban de llegar se convierten de inmediato en aborígenes que defienden un territorio ajeno y transitorio, y el bote salvavidas, cuya retórica del «está hasta los topes» sirve menos para describir un hecho que para conjurar un fantasma. Entre ambas, el autor examina la invención decimonónica de la nación, la asimetría entre quien nombra y quien es nombrado, la fuga de cerebros y esa evidencia sin adorno: el forastero es tanto más forastero cuanto más pobre.
«Perspectivas de guerra civil» desmonta la euforia posterior a 1989. Mogadiscio, Kuwait, Kigali, pero también el País Vasco o el Ulster: los nuevos topónimos indicaban que la violencia no se había retirado, solo cambiado de escala y de nombre.
«El perdedor radical», de 2006, sostiene que las coartadas ideológicas o religiosas de las masacres encubren obsesiones más hondas —megalomanía, sed de venganza, deseo de muerte—, y que el denominador común del terror es el delirio.
Cierra una coda de 2015 sobre la rebelión Taiping, la guerra civil más brutal de la era moderna, cuyos paralelismos con los califatos autoproclamados del presente resultan difíciles de ignorar. Que estos textos sigan vigentes es, admite el autor, una pésima noticia.
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