Abril tiene veinticuatro años, un sueldo que no alcanza y una vida que se le descose por varios sitios a la vez: la pareja que se marcha, el abuelo que acaba de morir, la abuela que cumple noventa años en una residencia y un piso de…
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Abril tiene veinticuatro años, un sueldo que no alcanza y una vida que se le descose por varios sitios a la vez: la pareja que se marcha, el abuelo que acaba de morir, la abuela que cumple noventa años en una residencia y un piso de Barcelona que ya no puede pagar sola. Entre inauguraciones de galería, turnos extra en negro y una compañera de piso nueva que lo ordena todo sin avisar, esta novela sigue a una narradora que aprende a mirar de frente lo que hasta ahora prefería contar como una anécdota.
La novela arranca con una llegada tarde a una cena de empresa y termina de arrancar mucho después, cuando la protagonista admite en voz alta lo que lleva días callando. Abril trabaja en una galería de arte de Barcelona: explica técnicas y materiales a clientes que casi nunca preguntan, sirve copas en las inauguraciones, memoriza discursos que suenan bien precisamente porque nadie los lee. Cobra ocho euros la hora, le falta el trabajo final de máster y su jefe, un galerista que le dobla la edad y confunde la confidencia con el acoso amable, le concede más horas abriendo los domingos y pagándole por fuera de nómina. Ella no se queja: la alternativa es volver a casa de sus padres.
El detonante privado es una ruptura. Eloi se ha ido después de tres años, dejando un pósit sobre el escritorio, una copia de las llaves y la mitad de unos muebles que ahora hay que valorar en euros. Lo que la novela examina no es tanto el desamor como su contabilidad: la transferencia hecha por orgullo, el silencio que sigue, la humillación menor de contar los doscientos euros que quedan para acabar el mes mientras las amigas dividen la cuenta del mexicano a partes iguales. La precariedad aquí no es una tesis, es una textura: el cine que cuesta más de lo que se gana en una hora, los billetes escondidos entre las páginas de un libro, la habitación que se alquila para poder seguir viviendo donde ya se vivía.
En paralelo avanza una segunda línea, más lenta y más honda. El abuelo ha muerto hace poco y su piso se está vaciando: la madre y la tía reparten cuadros, copas y álbumes, y a Abril le toca elegir qué salvar de un despacho que todavía huele a alguien. La abuela Lolita, que cumple noventa años maquillada y con un pañuelo rojo al cuello, empieza a contar por primera vez su propia vida: la orfandad temprana, los hermanos repartidos entre familiares, el laboratorio donde entró a trabajar a los doce años, la ciudad cruzada de punta a punta cada mañana, un noviazgo que se sostuvo dos años sin verse la cara. Esas conversaciones abren en la nieta una vergüenza útil: ha estudiado arte con perspectiva de género y nunca le había preguntado a su abuela qué hizo antes de ser su abuela.
A la casa llega entonces Emma, veinticinco años, azafata, puntual y cortés, que trabaja en turnos imposibles, mantiene siempre la puerta de su habitación cerrada y reordena la biblioteca, la cocina y hasta el dinero escondido de Abril sin que nadie se lo pida. La convivencia introduce una inquietud de baja intensidad, casi doméstica, que va ganando peso: qué se puede preguntar a quien vive contigo, qué se calla por educación y qué se calla por miedo a lo que respondan.
Escrita en primera persona y en presente, con capítulos breves y un humor seco que nunca pide permiso, la novela sostiene un tono muy reconocible: el de quien convierte el desastre en anécdota para no tener que sentirlo. El interés no está en un gran acontecimiento sino en la acumulación —una hemorragia nasal delante de la abuela, un cliente que pide un teléfono personal, unos padres que suben con dos kilos de mandarinas de oferta— hasta que la protagonista deja de administrar la distancia entre lo que dice y lo que le pasa. Un retrato generacional sobre el trabajo mal pagado en el mundo del arte, sobre las herencias que caben en una caja y sobre lo que se aprende, siempre tarde, preguntando a tiempo.
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