Tàrraco, siglo III. Una pregunta infantil —¿por qué no hay libros que también gusten a los niños?— empuja a un rabino y a su hijo a fabricar, pergamino a pergamino, la primera Hagadá de Sefarad.
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Tàrraco, siglo III. Una pregunta infantil —¿por qué no hay libros que también gusten a los niños?— empuja a un rabino y a su hijo a fabricar, pergamino a pergamino, la primera Hagadá de Sefarad. El propio libro narra su gestación, su oficio y el mundo mestizo que lo vio nacer.
Todo empieza con una pregunta hecha de la mano de un padre, camino del baño ritual: si las escrituras son sagradas y los niños también lo son, ¿por qué no existe un libro pensado para ellos? Elías, rabino de Tàrraco, hombre de barba desordenada y costumbre de responder con otra pregunta, tarda apenas un instante en comprender que su hijo Rubén tiene razón. Esa misma tarde bajan corriendo hacia el puerto, perdiendo una sandalia en plena Vía Augusta, a comprar palmos y palmos de pergamino.
Lo que sigue es la crónica de una obra hecha a mano y a lo largo de años, contada por la obra misma. La voz narradora es la del libro en construcción: una Hagadá, el relato de la Pascua destinado a que los pequeños canten, pregunten y no se duerman. Desde ese punto de vista insólito asistimos al oficio en toda su materialidad —las pieles de ternera puestas en remojo, tensadas en bastidores dentro de la sinagoga, sumergidas en un licor cáustico que deja marcadas para siempre las falanges del esclavo godo Galderic, alisadas con arena de playa y piedras pulidas, cosidas por Rut de modo que las junturas queden ocultas «como si todo procediera del mismo ternero»—, y también a la lenta escritura de los Salmos, los pasos de la cena pascual y los huecos reservados para unas iluminaciones que Rubén sueña desde el primer día.
Alrededor del taller respira una ciudad en cuesta, del foro al mar, donde conviven latines, voces ibéricas y lenguas de Oriente. La familia presume de un linaje alejandrino, memoria de una metrópolis de bibliotecas y lecturas en voz alta cuya única religión era el conocimiento, y de la que hubo que huir. En Tàrraco intentan levantar una pequeña Alejandría, sabiendo que la fortuna suele despertar envidias. Mientras tanto Rubén crece a tirones: se escapa a las carreras del circo, apuesta con la facción de los rojos, bebe vino salado en tabernas junto al pellejero Fructuós —cristiano a medias, judío a medias, indiferente a las etiquetas— y el auriga Eutiques, esclavo mauritano idolatrado por la ciudad. En ese mundo impuro no hay identidades limpias, solo mezclas; y una tarde, un gesto banal de un edil de rizos claros deja caer sobre el muchacho una sospecha que sus amigos no saben callar del todo.
La novela avanza así en dos tiempos que se trenzan: el de un libro que tarda años en existir y el de un niño que se hace hombre a tiempo para celebrar su primera Pascua como adulto, tablilla en mano, anotando los ritos —las cuatro copas, el pan ácimo, las diez plagas convertidas en juego de muecas— para fijarlos en el pergamino. Bajo la anécdota late una convicción que el rabino enuncia sin énfasis: la patria de este pueblo son los libros. Preservar la escritura, transmitirla de padres a hijos, dar vida a una narración nueva, es aquí un acto tan grave y tan gozoso como fundar una casa.
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