Un reloj de pared fabricado en Lasarte a comienzos del siglo XX reaparece en un anuncio de segunda mano y reordena la vida de la familia que lo dio por perdido.
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Un reloj de pared fabricado en Lasarte a comienzos del siglo XX reaparece en un anuncio de segunda mano y reordena la vida de la familia que lo dio por perdido. Paula, psiquiatra en un hospital de Madrid, se obsesiona con esa pieza que lleva grabado el nombre de su bisabuelo; cuando por fin llega a sus manos, como regalo interesado de un ex al que no ha perdonado, y se la entrega a su hermano en la comida de Reyes, la reacción de su madre convierte el objeto en una pregunta que nadie de la familia se había hecho. La narración alterna ese presente con el valle guipuzcoano de 1915, donde un relojero de talento amargo construyó el aparato que debía consagrarlo y terminó hundiéndolo.
Todo empieza con un anuncio: un reloj de pared del siglo XIX, fabricado en Lasarte, célebre en su época bajo un apodo extraño, el Incomprendido. Paula, psiquiatra de hospital, lo encuentra por casualidad mientras busca un regalo para su hermano y descubre que la pieza salió del taller de su bisabuelo. El precio la disuade, pero el reloj se le queda dentro, se cuela en sus sueños y se convierte en una insistencia que ella misma, entrenada para nombrar obsesiones ajenas, no consigue explicarse. Cuando la caja aparece por fin en su recibidor, viene acompañada de una nota y de un remitente incómodo: Alberto, cardiólogo del mismo hospital, el hombre al que dejó por una infidelidad que él sigue negando a medias.
La primera línea de la novela transcurre en ese registro cotidiano y áspero: guardias, urgencias, un brote psicótico que hay que ingresar sin nombre, una madre de ochenta y cuatro años con la que solo se discute por teléfono, una psicóloga que le señala a la protagonista su costumbre de zanjar los vínculos al primer desencuentro. La entrega del regalo en la comida de Reyes debería ser el remate feliz de una obsesión inofensiva. En vez de eso, basta que la madre vea el reloj para que la tarde se parta en dos y la familia acabe en un quirófano. Paula queda con una certeza que nadie más comparte: el infarto no fue el azar de una edad avanzada, fue el objeto.
La segunda línea retrocede a 1915, a un Lasarte todavía rural de caseríos, ferrerías y sidra, donde Domingo Yarza —relojero hosco, bebedor, convencido de que el oficio se hereda por mandato divino en el primogénito— lee en un recorte de prensa que se convoca un concurso de relojes en San Sebastián y decide que va a ganarlo. Construye entonces una pieza ambiciosa y personal, con agujas en forma de manzana y varillas que imitan txistus, y la presenta en el teatro Victoria Eugenia ante un público de levitas y sombreros de copa. Las risas que recibe su invento, presenciadas por su hijo Pío de siete años, fundan una humillación que el hombre no vuelve a soltar y que descarga sobre su mujer, Sabina, y sobre el niño.
Alrededor de esa herida crece el retrato de un valle que desaparece: la Primera Guerra Mundial paraliza los hipódromos europeos, se levanta uno en territorio neutral a unos metros de la casa de los Yarza y la aldea se llena de millonarios, bares ingleses y purasangres. Entre esa gente aparece Youna, la hija de un criador francés, la única que mira el reloj despreciado y lo quiere. Su padre ofrece dinero; Domingo se niega, atado a la pieza que a la vez adora y culpa de todo.
Es una novela de estirpe y de objetos que sobreviven a quienes los hicieron, escrita en dos voces —la primera persona nerviosa y lúcida del presente, el relato en tercera del pasado vasco— que se van acercando. La materia común es la transmisión: la del oficio, la del carácter difícil, la del daño que un padre reparte sin saber que llegará hasta bisnietos que no lo conocieron. Sobre todo, la pregunta de si lo que arrastra una familia se explica por una maldición o simplemente por lo que nadie contó a tiempo.
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