Una joven londinense acepta un encargo discreto del Ministerio de Defensa y se instala en Portsmouth con la coartada de haber seguido a un oficial de marina: debe averiguar, sin credenciales ni respaldo oficial, por qué murió un marinero…
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Una joven londinense acepta un encargo discreto del Ministerio de Defensa y se instala en Portsmouth con la coartada de haber seguido a un oficial de marina: debe averiguar, sin credenciales ni respaldo oficial, por qué murió un marinero de veinte años caído por la borda del HMS Wessex. Entre el arsenal, las tabernas del Old Portsmouth y las fiestas a bordo, la investigación avanza a base de conversaciones aparentemente casuales, mientras la explosión que dañó al mismo barco semanas antes empieza a parecer algo más que una coincidencia.
Octavia —Tavy para quienes la conocen— anuncia a su círculo de Londres que se marcha a Portsmouth por amor a un marino. Nadie sospecha nada: el funcionario del Ministerio de Agricultura opina que no queda lejos, el abogado enamorado se indigna, la mejor amiga le desea suerte. La versión funciona precisamente porque es verosímil, y esa es su utilidad. El encargo real se lo ha dado Charles, un hombre del Departamento de Relaciones Públicas del Ministerio de Defensa marcado por tres accidentes de aviación, un divorcio y una melancolía que se le nota en los ojos: hay que hablar con la gente que rodeaba a Gordon McCafferty, marinero de primera clase desaparecido frente a Spithead el 15 de abril, y hacerlo de un modo estrictamente privado, porque una pregunta oficial cerraría todas las bocas.
La narradora entra en el arsenal como taquimecanógrafa de primera clase, con dieciséis libras semanales y una prueba de ciento cincuenta palabras por minuto que le sirve de credencial. A partir de ahí, el oficio consiste en pequeñas maniobras: alquilar un desván sobre una taberna de High Street y servir en la barra para escuchar a las tripulaciones, presentarse en la comisaría de Gosport a raíz de una multa de estacionamiento y dejar caer preguntas sobre el cadáver, sentarse en los baluartes del Sally Port con un atlas de mareas para calcular hacia dónde habría arrastrado la corriente a un hombre caído al agua a las once y media de la noche. Cuando el cuerpo aparece por fin en Rat Island, un banco de fango donde antaño se enterraba a los prisioneros franceses, la encuesta judicial ocupa el centro del relato: el padre, un antiguo marino barbado que sostiene con dificultad su compostura; el jefe de división, el teniente Ross Jones, que responde con una hostilidad cansada y deja la impresión de estar callándose algo; y un veredicto de muerte accidental que cierra el expediente sin explicar nada.
En paralelo corre la otra línea del caso. El HMS Wessex, el barco de McCafferty, sufrió semanas atrás una explosión en la popa cuya investigación no encontró culpable ni causa concluyente, más allá de una falla imprecisa en el radar que dispara los misiles. Charles le explica a la narradora qué es un azar de radiación —el peligro invisible de las frecuencias reflejadas por chimeneas y mástiles sobre un barco cargado de explosivos, combustible y electrónica sensible—, y admite que la amenaza existe aunque nadie sepa aún de dónde viene. Entre una fiesta en el cuarto de oficiales, un oficial charlatán que habla de más y un teniente que mira desde el otro extremo de la sala, la protagonista empieza a sospechar que la borrachera de un muchacho de veinte años y el acero abierto de un destructor pertenecen a la misma historia.
Escrita en primera persona con una voz seca, irónica y atenta al detalle —el sabor a petróleo del aire, los andamios que sostienen ventanas mal construidas, los oficiales jugando al tenis frente a Admiralty House—, la novela combina el procedimiento del espionaje doméstico con un retrato del Portsmouth naval de su tiempo: una ciudad pequeña donde una mujer sola se hace notar, y donde precisamente por eso conviene dar la cara desde el principio.
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