Ashley Rice viaja de Los Ángeles a Nueva York para pasar la Navidad con su hermana y termina compartiendo el frío, un departamento diminuto y la organización de la cena navideña con David Jenkins, un atractivo emprendedor llegado de Alaska.
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Ashley Rice viaja de Los Ángeles a Nueva York para pasar la Navidad con su hermana y termina compartiendo el frío, un departamento diminuto y la organización de la cena navideña con David Jenkins, un atractivo emprendedor llegado de Alaska. Entre réplicas afiladas, orgullo herido y una atracción imposible de disimular, la novela sigue el pulso de dos personas que se resisten a admitir lo evidente.
A los veinticinco años, Ashley Rice ha construido una vida que le gusta: una carrera recién terminada, un canal en internet que crece más rápido de lo que ella y su socia alcanzan a administrar y una independencia que no piensa negociar. Lo único pendiente es el amor. Después de una relación universitaria que terminó en engaño, se ha prometido no conformarse con un candidato aceptable: quiere el vértigo completo o nada.
Cuando su hermana Helen la invita a pasar las fiestas decembrinas en Nueva York, Ashley acepta sin pensarlo y solo al aterrizar recuerda el detalle que había pasado por alto: el invierno. Friolenta hasta lo cómico, aterriza envuelta en capas de lana en un departamento minúsculo que Helen comparte con otros tres bailarines, donde la chimenea es eléctrica, la cena de Navidad será vegetariana y nadie más parece notar el frío.
Su primera aparición en escena es un desahogo en voz alta contra la ciudad y sus habitantes, pronunciado justo delante del único testigo que no debía escucharlo: David Jenkins, hermano de una de las compañeras de piso, llegado desde Alaska y perfectamente inmune a las temperaturas que a ella la derriten. Lo que empieza como una disculpa se convierte en un duelo verbal, y el malentendido que se instala entre ambos —una oferta de calor interpretada como algo muy distinto— marca el tono de todo lo que vendrá.
El azar, o más bien el reparto de tareas que hacen los demás, los deja solos: mientras el resto trabaja en funciones el veintitrés y el veinticuatro de diciembre, Ashley y David quedan a cargo de decorar el departamento y preparar la cena. Días enteros compartidos entre esferas, guirnaldas, un pino recién traído y recetas familiares, con ella decidida a aplicar al pie de la letra el reglamento amoroso heredado de su abuela —darse a desear, nunca ceder primero— y él empeñado en desarmarla con paciencia, humor y una amabilidad que Ashley no sabe dónde clasificar.
Porque el hombre que había etiquetado como un descarado resulta ser un emprendedor que levantó su propio negocio, un cocinero competente, un hijo y hermano devoto de las tradiciones que su familia trajo de Dinamarca a Alaska. Cada gesto suyo desmiente el juicio apresurado de ella, y cada réplica de ella le confirma a él que no está frente a nadie fácil de impresionar.
Narrada en primera persona con una voz cercana, irónica y autocrítica, esta comedia romántica de invierno funciona por acumulación de pequeños roces: la frase que se escapa antes de pensarla, la fantasía que interrumpe una conversación, el orgullo que impide reconocer lo que ya se siente. Es una historia sobre el momento exacto en que la desconfianza aprendida deja de ser protección y empieza a ser obstáculo, ambientada en unos días de diciembre en los que hacer una cena juntos resulta mucho más peligroso que el frío de la calle.
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