En la primavera de 1939, la familia Kurc lleva en Radom una vida de piano, telas finas y sobremesas largas, convencida de que la amenaza que crece al otro lado de la frontera pasará como pasaron las anteriores.
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En la primavera de 1939, la familia Kurc lleva en Radom una vida de piano, telas finas y sobremesas largas, convencida de que la amenaza que crece al otro lado de la frontera pasará como pasaron las anteriores. Cuando eso no ocurre, sus seis miembros —padres, hijos, cónyuges y una nieta recién nacida— quedan repartidos por Europa y más allá, cada uno obligado a inventar su propia forma de sobrevivir. Narrada por turnos, capítulo a capítulo, la novela sigue esa dispersión a lo largo de los años de guerra y la sostiene con un hilo obstinado: la voluntad de volver a estar en la misma habitación.
Todo empieza con una carta. En un tren de vuelta a Toulouse, un joven ingeniero polaco relee las líneas que su madre le ha escrito desde Radom y descubre en ellas algo que nunca había oído en su voz: miedo. Le pide que no viaje para la Pascua, que espere al verano, que no cruce las fronteras alemanas. Es marzo de 1939 y él acaba de pasar la noche en los clubes de jazz de Montmartre, entre música, coñac y una despreocupación que en pocos meses será impensable. La carta le devuelve, de golpe, todas las señales que había preferido no ver: la esvástica pintada en un parque, los escaparates cerrados indefinidamente, las fotografías de sinagogas quemadas al otro lado de la frontera.
En Radom, mientras tanto, la vida sigue con una normalidad que ya cuesta sostener. El hermano mayor rumia la humillación de haber sido despojado de su título de abogado y bromea con su mujer sobre si tiene sentido postergar la felicidad por una guerra que quizá no llegue. La segunda hija arrastra el agotamiento de un primer año con su bebé. El hermano callado, aficionado a la fotografía, lleva ocho años inseparable de su novia de la escuela y no encuentra el momento de pedirle matrimonio. La menor, imprevisible y capaz de conseguir cualquier cosa, acaba de enamorarse del arquitecto que alquila la habitación libre de la casa. Y en la cabecera de la mesa, un padre comerciante y una madre que ha aprendido a mantener la calma encienden las velas del Séder ante una silla vacía.
Lo que viene después desmonta esa mesa pieza por pieza. La novela reparte su relato entre todos ellos —solos, en parejas, a veces con una hija pequeña a cuestas— y los sigue por documentos falsos, fábricas, trenes, campos de trabajo, exilios que atraviesan continentes y esperas que se miden en cartas que no llegan. Cada capítulo cambia de nombre y de lugar, de modo que el lector sabe siempre más que los personajes: conoce quién sigue vivo cuando ellos ya lo han dado por perdido, y reconoce el instante exacto en que dos caminos se cruzan sin llegar a tocarse. Entre los capítulos, breves apuntes fechados sitúan la invasión de Checoslovaquia, el avance del Reich y los hechos que empujan a la familia de un lugar a otro, recordando que ninguna de estas decisiones se tomó con la información que hoy tenemos.
El libro no busca el heroísmo excepcional, sino la suma de decisiones pequeñas —quedarse o partir, mentir o callar, confiar en un desconocido— que separan una vida de otra. Su título es también su tesis incómoda: una cifra abre el relato recordando que de los más de treinta mil judíos de Radom sobrevivieron menos de trescientos, y esa proporción convierte cada reencuentro en algo estadísticamente improbable. Estructurada en tres partes que se van estrechando hasta que los nombres individuales dan paso a uno solo, la novela se completa con una nota de la autora y un epílogo sobre lo que fue de todos ellos después, que revelan hasta qué punto esta historia se sostiene sobre hechos reales.
Es una novela sobre el Holocausto contada desde la mesa de una familia: sin batallas, sin generales, con las telas de una tienda, un broche de rosa dorada, un piano de media cola y la costumbre de reunirse cada primavera. Y es, sobre todo, un relato sobre la memoria de la suerte: la conciencia de que sobrevivir no fue un mérito, y de que quien lo hizo cargó para siempre con la pregunta de por qué él sí.
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