En el Teatro Unicornio, durante la última escena de «La Rata y el Castor», un disparo que debía ser fingido mata de verdad al actor Arthur Surbonadier ante un público entregado.
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En el Teatro Unicornio, durante la última escena de «La Rata y el Castor», un disparo que debía ser fingido mata de verdad al actor Arthur Surbonadier ante un público entregado. Entre los espectadores está el inspector jefe Roderick Alleyn, invitado esa noche por su amigo periodista Nigel Bathgate, y el escenario se convierte de inmediato en la escena de un crimen donde todos los sospechosos acaban de interpretar su papel.
La función empieza mucho antes de que se levante el telón. Jacob Saint, empresario teatral de voz ronca y modales de patrón, reparte papeles como reparte favores, y su sobrino Arthur Surbonadier —a quien no permite usar el apellido de la familia adoptado para el oficio— no está conforme con el suyo. Quiere el papel de Carruthers, que ha ido a parar a Félix Gardener; quiere también a Stephanie Vaughan, la primera actriz, que ha dejado de mirarle. Cuando la súplica no funciona, Surbonadier saca de su bolsillo la copia de una carta comprometedora y descubre, en el despacho de su tío, que un hombre débil puede imponerse a uno fuerte si tiene la palanca adecuada.
A partir de ahí, la novela va sembrando con paciencia los materiales del crimen: una fiesta de estreno en la que se explica, delante de todos, cómo se trucan los disparos del tercer acto; un revólver de reglamento que perteneció al hermano de Gardener y que su dueño lleva encima porque le resulta demasiado valioso para dejarlo en el teatro; cartuchos descargados; un segundo revólver que se dispara entre bastidores para dar el ruido que el arma real no dará. Todo el mundo conoce el truco. Todo el mundo, por tanto, sabe también cómo desmontarlo.
La noche del catorce de junio, Nigel Bathgate recibe dos entradas y decide llevar consigo a su amigo del Departamento de Investigación Criminal. La visita a los camarines es cortés y algo tensa: un actor de carácter humillado por haber perdido un papel, una estrella que colecciona lecturas sobre psicología criminal, y un Surbonadier borracho que irrumpe con una amenaza a medio formular sobre lo que piensa contar. Poco después, esa misma escena vuelve a representarse sobre las tablas, casi palabra por palabra, con el diálogo de la obra encajado sobre un rencor auténtico. Cuando Gardener aprieta el gatillo a quemarropa y el «Castor» cae, el asombro del público tarda unos segundos en entender que el mejor momento interpretativo de la velada no era interpretación.
Desde su butaca, Alleyn ya se ha levantado. Lo que sigue es una investigación cerrada sobre sí misma, con el reparto entero convertido en lista de sospechosos: la primera actriz cortejada por dos hombres, el actor humillado, la amante del muerto, el empresario chantajeado, el director de escena que odia los trucos, el ayudante que llevó el arma de un camarín a otro, el viejo portero que ve entrar y salir a todos. Con la ayuda del sargento Bailey y su pericia en huellas digitales, del inspector Fox y de un Bathgate que asiste entre la fascinación y el remordimiento de haber traído a un policía a casa de un amigo, Alleyn debe distinguir lo que cada uno hizo de lo que cada uno estaba fingiendo hacer.
El relato juega con evidente placer a mirarse en el espejo: una comedia policíaca dentro de una novela policíaca, un asesino que entra en escena por la puerta que da al público, y un prólogo en el que el propio Alleyn se permite comentar las convenciones del género. Bajo el humor seco de los diálogos late un retrato nada complaciente del mundo del teatro —vanidades, jerarquías, dependencias económicas, afectos que se ensayan— y la sospecha, incómoda, de que en ese oficio la sinceridad es la máscara más difícil de detectar.
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