Verano de 1865. Tres meses después del final de la guerra, una joven sureña llega a Nueva York vestida de muchacho, con el revólver de su padre envuelto en un fardo y un plan muy simple: matar al oficial yanqui que se interpone entre ella…
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Verano de 1865. Tres meses después del final de la guerra, una joven sureña llega a Nueva York vestida de muchacho, con el revólver de su padre envuelto en un fardo y un plan muy simple: matar al oficial yanqui que se interpone entre ella y la plantación donde nació. Cuando la sorprenden merodeando en la finca de su objetivo, acaba contratada como mozo de cuadras en su propia casa, y la venganza se convierte en una convivencia diaria que ninguno de los dos sabe cómo nombrar.
Katharine Louise Weston —Kit para quien la conoce— tiene dieciocho años, un acento que la delata en cuanto abre la boca y una idea fija que ha traído consigo desde Carolina del Sur: recuperar Risen Glory, la plantación arrasada que es lo único que le queda de una vida anterior. La guerra le arrebató a su padre en Shiloh, a su perro, los graneros, el mercado del algodón y la certeza de que Dios estuviera prestando atención. Le dejó, en cambio, un temperamento entrenado a la intemperie: sabe montar sin silla, disparar, trepar melocotoneros y decir palabrotas, y ha aprendido a leer a Emerson a escondidas en una biblioteca que dejó de pertenecerle el día que su padre volvió a casarse.
La novela arranca en el Manhattan bullicioso y ajeno del verano de 1865, donde nadie parece haber notado que el Sur ardió. Kit se mueve por las calles del bajo Manhattan confundida con un chico —una equivocación que le conviene— y con la dirección del mayor Baron Nathaniel Cain memorizada. Cain es un jugador profesional de póquer que ganó su casa con una pareja de reyes, un hombre al que los periódicos apodaron el Héroe de Missionary Ridge y al que la paz ha dejado sin nada a lo que apostar de verdad. Creció entre deudas y abandono, huyó al Oeste a los trece años y volvió para alistarse no por la Unión, sino por su desprecio absoluto a la esclavitud. Vive rodeado de mujeres, brandy y clubes exclusivos, y aburrido de todo ello.
El encuentro no ocurre como Kit lo había ensayado. La atrapan saltando el muro de la finca, con el fardo delatándola, y de esa escena humillante sale no una bala sino una oferta de empleo: puede dormir sobre las cuadras, comer en la cocina y responder ante Magnus Owen, el capataz negro que sirvió con Cain en Chattanooga y que le devolvió la vida arriesgando la suya. Kit acepta y calcula: trabajar en la casa del enemigo la acerca al blanco y multiplica el riesgo por dos. El peligro nunca ha sido un argumento en su contra.
Lo que sigue es la lenta erosión de una certeza. En las conversaciones con Magnus, Kit descubre que su discurso heredado sobre los derechos de los estados no resiste el testimonio de alguien que fue liberado a los doce años. En la cocina choca con un ama de llaves que cree en el jabón y en la economía doméstica con la misma convicción con que Kit cree en la venganza. Y en el trato diario con Cain —órdenes secas, un caballo llamado Apollo, la exigencia insultante de que se dé un baño— la figura abstracta del yanqui asesino empieza a tener cara, cicatrices y silencios propios. Kit odia su cuerpo de mujer porque contradice al hombre que ha decidido ser; el disfraz, sin embargo, tiene fecha de caducidad.
Dividida en cuatro partes que funcionan como cuatro nombres sucesivos de una misma persona —el mozo de cuadras, la alumna de Templeton, una dama del sur y, finalmente, Katharine Louise—, la obra convierte una trama de venganza en una novela de formación y de deseo. El fondo es la Reconstrucción: tierras que cambian de dueño, lealtades que ya no significan lo que significaban, un país que negocia consigo mismo mientras sus habitantes negocian con su propia biografía. Sobre ese decorado, la autora sostiene una tensión doble: la de una muchacha armada que espera la noche del domingo, y la de dos personas heridas que descubren, sin haberlo pedido, que lo contrario del odio no siempre es el perdón.