En una tarde luminosa de mayo, un joven teniente médico recorre por primera vez el camino que separa el cuartel del campo de tiro: le toca certificar la muerte de cuatro condenados.
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En una tarde luminosa de mayo, un joven teniente médico recorre por primera vez el camino que separa el cuartel del campo de tiro: le toca certificar la muerte de cuatro condenados. Mientras tanto, en la prisión, un profesor de medicina al que todos creían a salvo descubre que su nombre también ha entrado en la saca, y que los tres hombres que lo acompañan quizá hayan sido añadidos al camión solo para que su ejecución parezca una más. Con cuatro voces que se relevan y se cruzan, la novela reconstruye las horas previas a un fusilamiento en la posguerra española y el modo en que la espera, más que las balas, va desgastando a quienes la padecen.
La obra arranca con un trayecto corto y trivial: un capitán y un teniente médico salen del cuartel y caminan hacia el campo de tiro por un sendero polvoriento, entre almendros y garroferas. Es sábado por la tarde, cantan los pájaros, el cielo está limpio. La conversación, sin embargo, gira alrededor de una logística macabra —cuántos condenados caben en una tanda, qué se hace cuando los reclutas disparan al aire, cuándo hace falta el tiro de gracia—, y el médico, que ha visto morir a muchos hombres en un hospital de retaguardia durante la guerra, comprende que lo que le espera no se parece a nada de lo que ya conoce.
El relato salta entonces a la prisión, donde otro narrador —un profesor y cirujano de prestigio, preso desde hace más de un año— es llamado al despacho del director y enterado de que ha llegado su turno. Su aparición ante los otros tres condenados provoca desconcierto: dentro del penal se daba por hecho que un burgués con contactos acabaría salvándose. Desde esa voz se despliega la vida cotidiana del encierro: el vocabulario propio de los presos, los curas que rondan las celdas prometiendo consuelo y anunciando que uno ya está maduro, el jefe de servicios que ordena cerrar las galerías cuando hay saca, los golpes en la pared que avisan por las galerías, la superstición de los indicios que permiten adivinar si mañana habrá muertos.
Un tercer narrador, antiguo alcalde de un pueblo costero, y sus dos compañeros completan el cuarteto. En el rato de espera se dicen lo poco que puede decirse: un cigarro olvidado en la celda, una mujer que hará cuarenta kilómetros al día siguiente para encontrarse con que el preso ya no está, una hija a la que habrá que explicárselo. Es ahí donde nace la sospecha que da a la obra su núcleo moral: si a los tres los han elegido deprisa y sin aviso, quizá sea para que el nombre del profesor no quede solo frente al pelotón, para que su muerte se confunda con el trámite.
El libro regresa por último al campo de tiro, donde el médico militar reconoce entre los condenados a un hombre al que conoce, y descubre que el peor momento de su cometido no será el disparo sino lo que viene después. Alrededor, los guardias bromean con la novatada, los reclutas se tranquilizan al ver que solo son cuatro y calculan los días de permiso que les valdrá la tarde.
Escrita en catalán, con un registro oral que recoge el argot carcelario y los apodos con que los presos nombraban a sus carceleros, la novela alterna primeras personas breves y sostiene un contraste deliberado: la belleza indiferente de una tarde de mayo frente a la mecánica administrativa del exterminio. Los epígrafes que la abren —Broch sobre la memoria, Moratín sobre la patria que convierte los méritos en culpas— anuncian sus dos obsesiones: recordar y nombrar. Más que una denuncia enfática, es una crónica seca de cómo unos hombres corrientes cumplen su trabajo y otros aprenden a contar los días de dos en dos.