Un escritor recibe la noticia repentina de la muerte de su padre y se ve obligado a poner en orden, en pocos días, la casa y los objetos de un hombre que en vida se mantuvo siempre distante y hermético.
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Un escritor recibe la noticia repentina de la muerte de su padre y se ve obligado a poner en orden, en pocos días, la casa y los objetos de un hombre que en vida se mantuvo siempre distante y hermético. De ese duelo surge un ejercicio de memoria que intenta reconstruir, a partir de fotografías, cartas y anécdotas dispersas, la figura de alguien que parecía haber elegido no dejar huella.
Este texto arranca con una llamada telefónica en una mañana de invierno: el padre del narrador ha muerto sin previo aviso, sin enfermedad ni señal que lo anunciara. Antes incluso de emprender el viaje hacia la casa familiar, el hijo intuye que deberá escribir sobre él, como si la escritura fuera la única forma de retener algo de una vida que amenaza con disolverse por completo. Lo que sigue no es tanto un relato de duelo convencional como una investigación paciente sobre un hombre que, estando vivo, ya resultaba difícil de encontrar: solitario sin ser un ermitaño, cordial sin ser cercano, ocupado en mil actividades sociales pero incapaz de mostrarse por entero a nadie, ni siquiera a su propia familia. La vivienda de estilo Tudor donde pasó sus últimos quince años en soledad se convierte en el primer indicio material de esa personalidad esquiva: una casa grande y descuidada, congelada en el tiempo, que el narrador debe vaciar habitación por habitación en apenas unos días, topándose con cajones, ropa, herramientas y recuerdos que hablan de una vida vivida siempre de paso. A partir de ahí, el relato se desplaza hacia el pasado —el matrimonio breve y desconcertado con la madre del narrador, el nacimiento de los hijos recibido con distancia, las historias inventadas y las medias verdades que el padre ofrecía a modo de escudo— y hacia el presente, marcado por el propio narrador, ahora padre de un niño pequeño, que observa cómo se repiten ciertos gestos de indiferencia una generación después. El hallazgo de cientos de fotografías familiares, muchas de ellas nunca vistas, se vuelve el centro emocional de la búsqueda: imágenes que no explican del todo a ese hombre, pero que permiten sostener, aunque sea por un instante, la ilusión de que sigue presente. Más que una biografía, el texto es una reflexión sobre los límites del conocimiento entre padres e hijos, sobre cómo el silencio y la evasión pueden ser también una forma de carácter, y sobre la imposibilidad —asumida desde el principio— de capturar por completo a otra persona en palabras.
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