Un matrimonio recién casado recorre las carreteras de California cuando una avería lo obliga a desviarse hacia Wardsville, un pueblo que recibe al viajero con un cementerio sin muros a pie de carretera.
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Un matrimonio recién casado recorre las carreteras de California cuando una avería lo obliga a desviarse hacia Wardsville, un pueblo que recibe al viajero con un cementerio sin muros a pie de carretera. Esa misma noche, lo que empezó como un contratiempo mecánico se convierte en una desaparición, y la búsqueda pasa de manos del marido a las de un investigador privado de San Francisco contratado por la familia. Novela de terror popular construida con frases breves y capítulos de gancho, donde el misterio de un pueblo aparentemente corriente se enreda con los intereses de una fortuna farmacéutica.
Frank Meredith y Gladys Holm llevan dos semanas casados y apuran los últimos días de una luna de miel que él programó al detalle: Nueva York, el Niágara, Las Vegas, Los Ángeles y una escapada final al Sequoia Park. La discusión pendiente entre ambos es de las inofensivas —ella es heredera de Laboratorios Holm, él un químico de la empresa que se resiste a gastar un dinero que todavía no siente suyo—, hasta que el motor del coche alquilado empieza a fallar en una comarcal poco frecuentada, lejos de Bakersfield y con la noche encima.
Un cartel les ofrece una salida: Wardsville, a cinco millas. La carretera secundaria los lleva bajo un cielo que se encapota de golpe y desemboca en una explanada de tumbas, nichos y cipreses sin cerca ni muralla que la separe del asfalto. Allí el coche se detiene definitivamente. Allí Gladys advierte que los cipreses permanecen inmóviles mientras el viento agita los árboles de la cuneta. Y allí, mientras caminan hacia el pueblo, empieza a oír una voz ronca que repite su nombre y que decide no mencionar para no parecer una niña asustadiza.
Wardsville resulta ser una ciudad más animada de lo previsto, al menos en Geer Avenue, su única arteria luminosa; el resto es oscuridad, calles vacías y un recepcionista de manos blancas y sonrisa incómoda en el hotel donde se instalan. Basta un cuarto de hora a solas en la habitación para que la sensación de ser observada se vuelva algo peor, y para que Frank, esperando en el bar, descubra que su mujer ha salido del hotel sin avisarle. Lo que encuentra al volver al cementerio cierra en falso la primera mitad del libro y abre la segunda.
El relevo lo toma Adam Bruckman, treinta años, periodista reconvertido en detective privado, célebre por el caso Salkow y crónicamente sin un dólar en el bolsillo. Janice Holm, hermana mayor de Gladys, se planta en su despacho con veinticinco mil dólares y una certeza que ni la policía ni el abogado de la familia comparten: cuatro días de silencio son imposibles entre ellas. Bruckman acepta el encargo convencido de que se trata de una pareja despistada en algún rincón de la costa, y viaja a Los Ángeles acompañado por Mariam Scott, su secretaria, que reclama dos mensualidades atrasadas y desconfía de su capacidad para cobrar. El narrador se encarga de avisar al lector, sin rodeos, de que ese viaje no tiene billete de vuelta para todos.
La novela pertenece de lleno a la tradición del terror popular de quiosco: capítulos cortos, párrafos de una sola línea usados como golpe de efecto, descripciones físicas insistentes y una dosis calculada de erotismo ligero conviviendo con lo macabro. El interés está menos en la explicación de lo sobrenatural que en la mecánica del acoso —la voz que llama, la puerta del armario que se cierra sola, la losa que gira a espaldas de quien no mira— y en el contraste entre dos registros: el pánico rural de la primera parte y la comedia cínica del detective arruinado que hereda la investigación. Wardsville queda entretanto como el verdadero enigma: un pueblo con cines, clubes y taxis escasos, cuya primera postal para el forastero es un campo de tumbas sin puerta de entrada porque, sencillamente, nunca se cierra.
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