Una moto averiada en una carretera solitaria basta para que un joven periodista termine llamando a la puerta equivocada. En el sótano de una vieja mansión, tres médicos de la misma familia practican intervenciones que nadie ha pedido y de…
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Una moto averiada en una carretera solitaria basta para que un joven periodista termine llamando a la puerta equivocada. En el sótano de una vieja mansión, tres médicos de la misma familia practican intervenciones que nadie ha pedido y de las que nadie regresa. Cuando su amigo desaparece sin dejar rastro, otro reportero, Jeff Carron, viaja hasta el motel más cercano decidido a averiguar qué se esconde tras los rumores de fantasmas… y encuentra en una ventana iluminada por un espejo una petición de auxilio que lo cambia todo.
Entre un motel de carretera y dos casas perdidas en un descampado seco y polvoriento se levanta una vieja mansión de sótanos, dos pisos y ventanas altísimas. Los vecinos hablan de fantasmas; el dueño del motel, un hombre grueso y colorado que prefiere no meterse en líos, se limita a desaconsejar la visita a todo el que pregunta. Pero la advertencia funciona al revés con los curiosos profesionales: Dean Hook, periodista de vocación entrometida, se queda tirado con la moto averiada y decide acercarse a mirar. Lo que ve a través de un ventanuco enrejado —hombres y mujeres encerrados, incapaces de hablar, con los ojos que ya no pueden cerrarse— no llega a contárselo a nadie.
Semanas después, con la investigación policial estancada, su amigo Jeff Carron pide una semana de permiso a un director de periódico gruñón y toma el mismo camino. Alto, temerario y con una confianza en sí mismo que raya en la imprudencia, Carron se instala en el motel, recluta a su propietario como informante a cambio de unos billetes y empieza a tirar del hilo. Los nombres se repiten como una letanía: el doctor McSyler, dueño de la casa y últimamente cambiado, ausente, hundido en un sillón; su cuñado, el doctor Blomppon, cirujano arruinado por un accidente quirúrgico grotesco que arrastró tras de sí una cadena de muertes; el hijo de este, Larry, médico que no ejerce y se dedica a oscuros «estudios científicos»; un mayordomo nuevo, de estatura descomunal, que más parece una bestia que un hombre. Y, en la casa pequeña que casi nadie mira, un antiguo actor de cine desfigurado por un incendio que oculta el rostro tras una bufanda y guarda en los ojos algo más parecido al odio que a la pena.
El primer contacto no llega por la puerta, sino por un destello: Loretta, la hija de McSyler, lanza reflejos con un espejo desde una ventana del segundo piso. Encerrada en su dormitorio desde hace semanas por orden de un padre al que sigue queriendo, escucha de noche gritos que a la mañana siguiente nadie recuerda haber oído, y lleva la cuenta de las personas que entran en la casa y no vuelven a salir. Su dilema —huir o quedarse por lealtad— convierte el rescate en algo más enredado que una simple fuga por una cuerda, y obliga a Carron a cambiar de plan: volver al día siguiente, esta vez llamando al aldabón, e improvisar desde dentro.
Escrita con la mecánica eficaz del folletín de terror clásico, la novela alterna capítulos de tensión doméstica con escenas quirúrgicas de una crudeza deliberada, y sostiene el suspense sobre una pregunta sencilla y perturbadora: qué persigue exactamente un cirujano que no quiere curar a nadie, sino fabricar locura. La casa, el motel, el descampado y el vecino enmascarado forman un tablero cerrado donde cada personaje puede ser víctima, cómplice o algo peor, y donde la curiosidad periodística —el vicio que arrastra a los dos protagonistas— resulta ser el pasaporte más rápido hacia el sótano.
Relato de horror gótico de atmósfera espesa y ritmo de thriller, combina el misterio de la casa maldita con la investigación de un reportero, el romance apresurado de una época y un catálogo de crueldades médicas que explica por qué los de dentro la llaman, sin metáforas, la mansión de los locos.
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