Un hombre mata a hachazos a su esposa infiel en una cabaña del bosque y deja que otro cargue con la culpa. Cuatro años después, cuando por fin se cree a salvo y a punto de volver a casarse, empiezan a llegarle cartas firmadas por la…
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Un hombre mata a hachazos a su esposa infiel en una cabaña del bosque y deja que otro cargue con la culpa. Cuatro años después, cuando por fin se cree a salvo y a punto de volver a casarse, empiezan a llegarle cartas firmadas por la muerta, con tinta fresca y una caligrafía que los peritos declaran auténtica.
En una casa señorial rodeada de bosque, Lawrence Bibberman espía desde la ventana la salida nocturna de su esposa Beatrix y confirma la sospecha que lleva meses royéndole: ella acude a la cabaña del guardabosques. Lo que ocurre allí es un estallido de violencia breve y desmedido, resuelto con un hacha descolgada de la pared. El azar completa la coartada: unos vecinos ven huir al guardabosques, lo persiguen, y él muere arrollado por un tren sin llegar a defenderse. El crimen queda cerrado con el culpable equivocado y Lawrence sale ileso de su propia obra.
Cuatro años más tarde, el remordimiento se ha domesticado hasta volverse casi convicción ajena: Lawrence ha terminado por creer la versión oficial. Heredero de una tercera parte de la fortuna paterna, comprometido con una muchacha que le ha confesado sin rodeos que no lo ama, se instala en una felicidad razonable. Hasta que una desconocida deja en la puerta una nota sin firma escrita con la letra menuda y desigual de Beatrix. Después llega una carta fechada el día anterior. El mayordomo, recién incorporado a la casa y por tanto incapaz de reconocer a nadie, describe a la visitante: alta, pelirroja, de ojos verdes y rasgados, gatunos.
La investigación recae en Allan Jerwell, inspector joven, seco y poco dado a las concesiones, que sustituye temporalmente al amigo policía en quien Lawrence confiaba. Jerwell descarta lo sobrenatural con la misma frialdad con que ordena abrir la tumba, pero los peritajes no lo ayudan: la caligrafía coincide y la tinta es reciente. Mientras tanto, entre paseos por un bosque que la niebla vuelve intransitable y conversaciones con la enfermera del anciano señor Bibberman, el inspector va acumulando preguntas que se desvían del enigma aparente hacia el pasado del propio denunciante: si amaba a su mujer, si sabía de la infidelidad, cómo habría reaccionado de haberlo sabido.
El relato juega desde el principio con una ventaja incómoda: el lector sabe quién empuñó el hacha y observa cómo el asesino se convierte en víctima de su propio expediente cerrado. Cada carta lo obliga a fingir el asombro de un inocente ante un inspector que no parpadea. Y cuando una figura de largo vestido blanco y palidez cadavérica emerge del cementerio cercano para vigilar el bosque, la última misiva deslizada bajo la puerta cambia el juego: ya no habrá preguntas, sino una exigencia, y una amenaza dirigida a la familia entera.
Novela corta de terror gótico y suspenso criminal, construida con capítulos breves, diálogo abundante y una prosa deliberadamente enfática que insiste en el sudor, el frío y la niebla como termómetros del miedo. Su motor no es el misterio del culpable sino el del chantaje: alguien conoce la verdad, y ha elegido cobrarla con el rostro de la muerta.
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