Una llamada urgente por radio anuncia un asesinato que aún no ha ocurrido. Cuando Deborah Romanns corre hacia el caserón de su tío en las afueras de Rossenward, la advertencia ya se ha cumplido: la vieja sirvienta de la familia yace…
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Una llamada urgente por radio anuncia un asesinato que aún no ha ocurrido. Cuando Deborah Romanns corre hacia el caserón de su tío en las afueras de Rossenward, la advertencia ya se ha cumplido: la vieja sirvienta de la familia yace deshecha en el cuarto de baño. Y cuando el aparato vuelve a hablar, el nombre que pronuncia es el de su propio prometido. Alguien que conoce la casa, las llaves y los horarios de todos escribe el guion de las muertes antes de cometerlas, y solo Deborah lo escucha.
Deborah Romanns acaba de conquistar su pequeña libertad: un apartamento luminoso en la ciudad, con terraza, revistas de moda y una radio portátil que lleva de una habitación a otra. Es todo lo contrario de la casa de su tío Stanley Burke, en las afueras de Rossenward, un edificio demasiado grande, demasiado frío, rodeado de maleza, que nunca le gustó. Una tarde cualquiera enciende la radio y una voz de locutora la nombra a ella, con nombre y apellido, y la reclama con urgencia en esa casa: una de las sirvientas va a ser asesinada y ultrajada si no llega a tiempo.
El mensaje es absurdo —ninguna emisora anuncia un crimen antes de que suceda— y aun así Deborah sale disparada carretera al norte. Una avería la detiene junto a un garaje y un desconocido de ojos acerados, Dennis Barsson, se ofrece a llevarla; escucha su historia y la toma por una broma de mal gusto. Llegan tarde. Mientras la familia entera regresaba a la casa, alguien a quien la anciana Carol reconoció sin sobresalto la había sorprendido en el dormitorio del primogénito y había ejecutado, punto por punto, lo que la radio había prometido.
La policía tiene una explicación cómoda: cerca de la finca hay un manicomio y de allí se ha fugado un enfermo. Deborah no la acepta, y calla lo que oyó porque sospecha algo peor. Cuando Dennis vuelve a buscarla y desmonta el receptor con un destornillador, aparece la prueba: el aparato fue trucado y convertido en reproductor de cinta. Quien lo manipuló entró en el apartamento con una copia de la llave que Deborah guardaba en un cajón de su antigua habitación. Es decir, alguien de la casa. Y hay una segunda cinta esperando: esta vez la víctima anunciada es Lukas, el primo criado como hermano, el novio del que ya se había desenamorado.
La carrera vuelve a perderse contra el reloj —el asesino mide los tiempos con precisión de relojero— y la familia reunida descubre en la sala de billar hasta dónde está dispuesto a llegar. Alrededor de la chimenea quedan el viejo Stanley Burke, ochenta años y una fortuna con la que ha premiado y amenazado; Brian, siempre detrás de un libro; Dianne, corpulenta y distante; Andrea, dieciséis años recién cumplidos, pálida y demasiado perspicaz; y David, el mayordomo lacónico que ve todo y no comenta nada. La historia de la casa —adopciones, embarazos gemelares, criaturas nacidas muertas, herencias condicionadas a la conducta— empieza a parecer menos vulgar de lo que Deborah creía al contarla.
Ada Coretti construye un enigma de casa cerrada con la mecánica del terror: cada muerte llega anunciada y ninguna puede evitarse, y el aviso mismo es la firma del culpable. Novela de la colección Punto Rojo publicada en 1980, sostiene su tensión en un dispositivo tan simple como perverso —una voz grabada que sabe demasiado— y en la certeza que va cerrándose sobre la protagonista: el rostro que busca es uno de los que la miran cada noche desde los sillones de la sala de billar. La brutalidad de los crímenes, descrita sin eufemismos, marca el pulso de un relato que avanza hacia el interior de una familia donde el afecto y el cálculo llevan mucho tiempo confundidos.
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