Ensayo histórico sobre cómo el falangismo de la inmediata posguerra imaginó una España "viril" —firme, sobria, jerárquica— frente a una antiEspaña liberal y republicana tachada de "afeminada", y sobre el modo en que ese lenguaje de género…
Descargar
Ensayo histórico sobre cómo el falangismo de la inmediata posguerra imaginó una España "viril" —firme, sobria, jerárquica— frente a una antiEspaña liberal y republicana tachada de "afeminada", y sobre el modo en que ese lenguaje de género articuló todo un proyecto de regeneración nacional.
En mayo de 1939, a pocas semanas del final de la guerra, un editorial del diario falangista Levante comparaba dos formas de Estado: el clásico y viril, con arquitectura de Partenón y disciplina de acorazado, y el romántico, pasional y afeminado, un velero viejo por cuyas hendiduras se filtra el agua. La imagen no era una ocurrencia aislada. Este libro parte de textos como ese para reconstruir un vocabulario que recorrió la prensa, los discursos y los libros del partido único durante los meses fundacionales de la dictadura, y para mostrar que detrás de la metáfora había un programa.
La autora sostiene que la retórica falangista sobre la nación se organizó en torno a una oposición básica —España viril frente a antiEspaña afeminada— que absorbió y ordenó todas las demás: dureza contra blandura, línea recta contra zigzag, austeridad contra estridencia, acción contra abulia. Y sostiene, además, que ese lenguaje era regenerador: heredero del pesimismo cultural europeo de fin de siglo y del trauma del 98, reformulado ahora en clave totalitaria y antiliberal, según el cual las naciones decaen cuando se afeminan y resurgen cuando recobran su virilidad. De ahí la insistencia falangista en presentarse como nieta del 98 y en reivindicar no solo unos atributos nacionales, sino una emoción crítica y doliente ante España.
El análisis distingue dos caras de la virilidad —el ímpetu, el arrojo y la fuerza, por un lado; la sobriedad, la contención y la gravedad, por otro— y, en consecuencia, dos formas de afeminamiento: por defecto, propio de la España liberal juzgada inerte y pusilánime, y por exceso, atribuido a lo chabacano y desbordado que se asociaba a la Segunda República. Sobre ese esquema se examinan las filiaciones emocionales del bando vencedor, las sensibilidades estéticas del régimen, la relectura de figuras como Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez Solana o Santiago Rusiñol, y la “virilización” de estereotipos nacionales: los toros, el flamenco, Andalucía, el Mediterráneo clásico e imperial de estirpe orsiana, las Fallas valencianas. El último tramo cruza género y clase para leer el anticasticismo como rechazo de una nación imaginada masificada, viscosa e indeterminada.
Apoyada en la historia de género —Joan Scott, Sherry Ortner, Mrinalini Sinha, Cynthia Enloe— y en la historiografía del fascismo —Roger Griffin, Barbara Spackman, Ismael Saz—, la investigación defiende una tesis metodológica de fondo: el género opera como organizador simbólico incluso allí donde no se habla de hombres ni de mujeres, y por eso resulta un prisma privilegiado para entender un proyecto político. El resultado es un recorrido por la cultura política de Falange que no la aísla, sino que la muestra en fricción y en confluencia con el nacionalismo católico y reaccionario del régimen, unidos ambos en el clamor por una España fuerte, decidida y severa.