En la noche del 1 de diciembre de 1654, en los montes de Cataluña, convergen dos fuerzas antagonistas: el barón de Taradell, ansioso de justicia ejecutiva, y el obispo de Vic, sereno en su imperturbable parsimonia.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En la noche del 1 de diciembre de 1654, en los montes de Cataluña, convergen dos fuerzas antagonistas: el barón de Taradell, ansioso de justicia ejecutiva, y el obispo de Vic, sereno en su imperturbable parsimonia. Se reúnen en el caserío de Espinzella para firmar la sentencia más importante de los últimos años, una condena a muerte que sacude los cimientos de la baronia. Pero mientras los hombres debaten jurisdicciones y poderes, un gato negro merodea en las sombras, deslizándose por muros y cornisas.
Una noche de diciembre de 1654, en el corazón de los bosques catalanes, convergen las oscilaciones del poder terrenal y el celestial. El barón Antoni de Perapertusa, señor de vastas tierras y poseedor de innumerables joyas que iluminan sus despachos, ha convocado un tribunal urgentísimo en su caserío de Espinzella. Lo que se dirime no es un pleito ordinario: se trata de pronunciar la sentencia más importante de una década, una condena que trasciende las regalías baroniales y toca los entresijos sagrados de la fe católica.
Para presidir este juicio extraordinario, el barón ha exigido la presencia del obispo de Vic, el ilustrísimo Ramon de Sentmenat, quien ejerce la más alta autoridad eclesiástica de la diócesis. Pero el prelado llega exhausto, arrancado de las vísperas de la catedral, transportado en un carruaje que lo sacude durante interminables leguas. Su cuerpo cansado, sus párpados pesados, revelan a un hombre que entiende el poder de manera distinta: no en la prisa, sino en el silencio.
Entre ambos se abre un abismo de temperamentos irreconciliables. El barón, adornado de anillos de esmeraldas y rubíes, presiona por la celeridad: la sentencia debe firmarse ya, la ejecución ocurrir mañana. El obispo, en cambio, se mueve con parsimonia exasperante, exigiendo releer documentos, cuestionando cada palabra, extendiendo el silencio como forma de poder invisible. Cada uno comprende que sucede algo que trasciende el mero derecho: una disputa sobre quién detenta verdaderamente la autoridad en tierras recientemente sangrientas.
Mientras los dos poderes se enfrentan, una presencia oscura merodea en la noche. Un gato negro asciende por muros con agilidad sobrenatural, recorre cornisas imposibles, se filtra en sombras. Sus ojos amarillos brillan como llamas de conocimiento prohibido. Cuando el obispo entra en su cámara portando una vela, encuentra aquellos ojos fosforescentes esperándolo en la penumbra.