Un narrador viaja en el invierno de 2012 al lugar donde estuvo el campo japonés en el que su padre fue trabajador forzado, y no encuentra nada: ni ruinas, ni fotografías, ni memoria.
Descargar
Un narrador viaja en el invierno de 2012 al lugar donde estuvo el campo japonés en el que su padre fue trabajador forzado, y no encuentra nada: ni ruinas, ni fotografías, ni memoria. De ese vacío nace un libro que se niega a elegir género —memoria familiar, ensayo histórico, indagación literaria— y que remonta la cadena de azares que une una mina bajo el mar interior de Seto con la bomba de Hiroshima, con una novela de H. G. Wells y con una pregunta de Chéjov que nadie puede responder.
Todo empieza con una ausencia. En el invierno de 2012 el narrador visita Ohama, en Japón, donde su padre pasó años empujando vagonetas de piedra por túneles abiertos bajo el mar interior de Seto. No queda nada: en el museo local, una mujer amable y erudita jamás ha oído hablar de trabajadores forzados; en la boca de la mina, donde los prisioneros cruzaban una hilera de guardias que los golpeaban, hay ahora un hotel por horas con un cartel de neón. A su lado, un anciano menudo y bien vestido, el señor Sato, antiguo guardia del campo, señala con un guante deshilachado los barracones desaparecidos. Un equipo de televisión aguarda el abrazo que ilustre el perdón. El abrazo se produce, y no significa nada de lo que debería significar.
De ese gesto vacío arranca una indagación que se niega a elegir género. Hay memoria familiar —Changi, el Ferrocarril de la Muerte, los barcos del infierno—, hay historia —la mañana del 6 de agosto de 1945, la palanca que acciona el mayor Ferebee a 9.500 metros sobre Hiroshima, las sesenta mil muertes instantáneas y las incontables posteriores— y hay una constatación incómoda: la bomba que arrasó una ciudad probablemente impidió que mataran a su padre, prisionero entre los treinta y dos mil condenados de antemano a una invasión que nunca llegó. Quince años después nació el quinto de sus seis hijos.
El libro remonta entonces la cadena hacia atrás, con la lógica caprichosa de las causas: los físicos alemanes que renunciaron a la bomba y luego, escuchados por micrófonos ocultos en una mansión inglesa, discutieron si su fracaso había sido fracaso o resistencia; Leo Szilard, que convenció a un presidente porque había leído una novela; H. G. Wells escribiendo esa novela en 1912, el mismo año en que levanta la vista y ve entrar a Cicely Fairfield, la joven periodista que se rebautizaría con un nombre robado a Ibsen.
Lo sostiene todo una pregunta prestada: la número 7 de un problema aritmético paródico de Chéjov que, tras enredarse con trenes y horarios, concluye preguntando quién ama durante más tiempo. Contra la ilusión de que el dolor cabe en parámetros, aquí se afirma que la guerra no admite ni la aritmética más simple y que la única respuesta posible es seguir formulando la pregunta. Entre imágenes exactas —la cicatriz de un eucalipto marcada por un agrimensor, bajo la que la herida sigue manando savia—, el libro sostiene que el pasado no pasa: sigue ocurriendo siempre.