Lleida, 1719. Con la guerra ya perdida y la ciudad bajo el nuevo régimen borbónico, un abogado de lealtades ambiguas obtiene permiso para interrogar a los presos que un barón cuelga a su antojo, mientras el Segre amenaza con desbordarse.
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Lleida, 1719. Con la guerra ya perdida y la ciudad bajo el nuevo régimen borbónico, un abogado de lealtades ambiguas obtiene permiso para interrogar a los presos que un barón cuelga a su antojo, mientras el Segre amenaza con desbordarse. Entre los condenados hay un guerrillero muy joven que canta cada noche y una hija que lo escucha desde la última ventana de la casa. Novela histórica sobre la justicia negociada, la doble vida y las canciones que sobreviven a quienes las cantan.
La novela se abre con un documento: la sentencia que un coronel juez del Castell Principal dicta contra Francesc Colet, veinte años, último superviviente de una partida alzada contra Felipe V. Se le imputan una emboscada contra la tropa y el asalto a una torre del camino de Algerri, donde, según el sumario, forzó a la hija de la casa. Él niega ese segundo cargo hasta el final. Con esa doble acusación —una que asume y otra que rechaza— el relato entra en una ciudad ocupada, con el antiguo barrio de la Seu convertido en ciudadela militar y el río rondando los huertos y los corrales del carrer Major.
El hilo lo lleva Isidre Climent, abogado y consejero oficioso del corregidor. Ante el poder se presenta como un converso razonable: partidario del archiduque en su juventud, hoy convencido de que el progreso está en manos de los nuevos políticos. Puertas adentro cultiva otra fidelidad, y aprovecha su influencia para distinguir al criminal de sangre del vencido por razones de bandería. Su propuesta —sacar a los reclusos a reforzar el talud del río— sirve a la ciudad, halaga al gobernador y, de paso, aparta condenados de las horcas del barón de Quero, un “procurador de presos” que ejecuta por costumbre y ve en cualquier revisión una conjura contra su cargo.
La visita a las mazmorras abre la segunda línea. Marianna, hija del barón, intercepta al abogado en un cuarto frío para hablarle de un preso que canta cada noche bajo su ventana: copia los versos, cree que van dirigidos a ella y ni siquiera sabe su nombre. Abajo, treinta hombres sin derechos ni luz corean las estrofas. Cuando el barón descubre las serenatas, la amenaza es inmediata y la cuenta atrás se acelera.
Construida con piezas judiciales, conversación de despacho y rumor de calle —incluido el de un adivino popular que anuncia la riada—, la obra cruza la política de la ocupación con el pulso de una crecida y de un afecto imposible. Late en ella una pregunta incómoda: qué separa al poder que negocia del poder que cuelga, y qué le queda a quien, encadenado, solo dispone de una voz.
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