En un bazar de souvenirs a los pies de las pirámides, Yasmin, una niña de nueve años, ve peligrar el negocio familiar entre ventas cada vez más escasas y objetos que desaparecen sin explicación.
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En un bazar de souvenirs a los pies de las pirámides, Yasmin, una niña de nueve años, ve peligrar el negocio familiar entre ventas cada vez más escasas y objetos que desaparecen sin explicación. Cuando su hermano mayor acusa del robo a su mejor amiga y le prohíbe volver a verla, Yasmin decide averiguar la verdad por su cuenta, con la ayuda de sus amigos del barrio y la compañía silenciosa de las figuritas de dioses egipcios que guarda en su estante.
Yasmin tiene nueve años y vive en Gizeh, ese pedazo de ciudad que el Cairo fue absorbiendo hasta convertirlo en un barrio más, donde el polvo del desierto se posa cada mañana sobre los estantes y el olor a fruta y especias se mezcla con el de la gasolina. Debajo de su casa está La Reina de Gizeh, el bazar de souvenirs que su padre levantó años atrás y que bautizó con el nombre de su mujer. Ella murió cuando Yasmin era muy pequeña; desde entonces el padre trabaja en un barco turístico del Nilo, la abuela Marien sostiene la casa a base de desayunos y peinados innegociables, y el hermano mayor lleva la tienda y hace, de hecho, las veces de padre.
El verano deja a Yasmin sin escuela y con tiempo para lo que de verdad le importa: ayudar en el mostrador, escoger cada semana a un puñado de turistas a los que observa y adopta en secreto, y cuidar el rincón que ha organizado a su manera. Allí ha reunido una pequeña multitud de figuritas de dioses egipcios a las que trata como a una familia paralela —una madre, un padre, tíos y primos a los que cambia de sitio según lo que toque hacer ese día—, y a los que pide ayuda cuando las cosas se tuercen. Y últimamente se tuercen a menudo: los clientes entran, miran y compran en el bazar de más arriba, las cuentas no salen y en casa cada cual tiene su teoría sobre qué le falta al negocio.
A la mala racha se suma algo peor. Hace tiempo que desaparecen objetos de la tienda, y la última pérdida ha sido la pieza que nunca estuvo en venta: una maqueta de madera de la barca solar de Keops, el orgullo de la casa. El hermano mayor está convencido de que la culpable es Omayma, amiga de Yasmin e hija de una familia con fama de ladrones en todo el barrio, y le prohíbe a la niña volver a verla. La abuela matiza, pero no la contradice. Yasmin, que conoce a su amiga, no acepta ni la sentencia ni el argumento de que una manera de vivir se hereda como se hereda un gesto o un rostro.
Así que se propone demostrar la inocencia de Omayma. Cruza la calle hacia el hotel de cinco estrellas que se levanta frente a la tienda —siempre por la puerta de servicio, aunque sueñe con entrar por la principal— para contárselo a los gemelos Aisha y Yusuf, hijos de uno de los cocineros, y de esa conversación nace un equipo de investigación con un nombre elegido por ella. Son cinco, contando al chico rico del barrio que desconfía de Omayma y contando a la propia acusada, que todavía no sabe nada. Mientras tanto, dos ausencias le pesan más de lo que quiere admitir: la figurita de la diosa gata que una turista compró sin que ella pudiera impedirlo, y su gata de verdad, que lleva demasiadas horas sin aparecer.
Con esos ingredientes —un misterio doméstico, una amistad puesta a prueba por los prejuicios del vecindario y una protagonista que negocia con dioses de escayola lo que los adultos no le conceden—, la novela avanza entre el mostrador polvoriento, las azoteas desde donde se recortan las pirámides al anochecer y las cocinas del hotel. El resultado es una historia de intriga infantil que retrata con detalle la vida cotidiana de una familia egipcia y, de paso, plantea a sus lectores una pregunta nada menor: qué hace falta para seguir creyendo en alguien cuando todo el mundo alrededor ya ha decidido lo contrario.
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