Una intérprete de sueños de origen indio guarda un secreto que la aparta de su marido y de su hija; cuando una serpiente le anuncia una muerte inminente, la vida cuidadosamente ordenada de Rakhi —pintora, madre divorciada y copropietaria…
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Una intérprete de sueños de origen indio guarda un secreto que la aparta de su marido y de su hija; cuando una serpiente le anuncia una muerte inminente, la vida cuidadosamente ordenada de Rakhi —pintora, madre divorciada y copropietaria de un salón de té en Berkeley— empieza a resquebrajarse por una herencia que nunca supo nombrar.
La novela avanza sobre dos voces que se alternan como el día y la noche. La primera pertenece a una mujer que anota sus visiones en unos diarios oníricos: fue novicia en unas cuevas donde las ancianas enseñaban a leer los sueños de mendigos, reyes y santos, abandonó aquel aprendizaje a medio camino y ejerce ahora, en California, un oficio que casi nadie a su alrededor comprende. Sueña los sueños de otras personas para ayudarlas a vivir sus vidas, y ese don la obliga a dormir sola: cualquier cuerpo en su cama interrumpiría el trabajo. En las primeras páginas una serpiente de escamas verdes regresa tras años de ausencia para anunciarle un cambio que resulta ser una muerte, y la conversación entre ambas —hecha de preguntas mal formuladas y respuestas oblicuas— instala desde el comienzo una cuenta atrás que la narración no se apresura a resolver.
La segunda voz es la de Rakhi, su hija, nacida y criada en Estados Unidos. De niña descubrió, comparando casas ajenas, que su familia era rara: la madre dormía en un cuarto de costura donde nunca se cosía, el padre ocupaba solo la habitación grande del fondo, y entre ambos se extendía un silencio que ninguna explicación llegaba a cubrir. Adulta, Rakhi pinta una India imaginada a partir de fotografías, porque jamás ha pisado el país que su madre se niega a volver mítico; regenta con su amiga Belle un salón de té que fue decisivo para conservar la custodia de su hija Jona; y sostiene un pulso agotador con Sonny, el exmarido pinchadiscos que altera las rutinas que ella construye con esfuerzo. Una mañana en un bosquecillo de eucaliptos, un desconocido que practica Tai Chi despierta en ella un deseo que creía clausurado, y ese mismo día dos mensajes en el contestador —uno de Sonny, otro de Belle anunciando que ha pasado algo terrible— interrumpen el cuadro que estaba empezando.
Entre ambos relatos se abre el verdadero territorio del libro: lo que una madre calla y lo que una hija necesita saber. La intérprete miente por compasión a una clienta cuyo sueño le revela una enfermedad mortal, se aparta así de la tradición que exigía decir siempre la verdad, y deja sin contar a su propia hija aquello que más le importaría. Rakhi, a su vez, guarda el motivo por el que dejó a Sonny y espera en vano que la clarividencia materna se lo ahorre. La prosa mezcla la vida doméstica y su desorden reconocible —facturas sin pagar, piezas de Lego en la moqueta, semillas germinadas en un cuenco— con una cosmología heredada de cantos y preceptos antiguos, y encuentra en esa fricción su tema: la distancia entre dos culturas, entre dos generaciones, entre lo que sabemos y lo que ignoramos. La muerte anunciada por la serpiente no cierra la historia; según el propio augurio, un final puede ser también un principio y una ocasión de reparar lo estropeado, siempre que alguien sepa aprovechar el momento.
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