Galicia, 1808. Un oficial inglés despierta malherido en una casa de piedra que no conoce, sin saber cómo llegó allí ni si es huésped o prisionero.
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Galicia, 1808. Un oficial inglés despierta malherido en una casa de piedra que no conoce, sin saber cómo llegó allí ni si es huésped o prisionero. Quien lo cuida —un hombre de gestos medidos que apenas habla— resulta ser Brais de Sotomayor y Mendoza, marqués de Brisaboa, señor del Pazo da Brétema y estratega de la resistencia contra los franceses en la sierra. Entre ambos se establece un pacto tácito: nadie pregunta más de lo necesario, nadie ofrece más de lo imprescindible. Mientras Simon recupera fuerzas y traza un mapa mental de la casa, Brais lo observa desde las galerías, intentando decidir si aquel extranjero es un aliado, una amenaza o algo que todavía no sabe nombrar.
Lo primero que Simon distingue no es un rostro, sino un sonido: la leña partiéndose en el hogar, el viento empujando los postigos, y luego el dolor extendiéndose del costado a la nuca. Despierta en una habitación de vigas oscuras y madera cuidada, en un lugar que no reconoce, sin memoria de cómo llegó hasta allí. Solo conserva fragmentos: el barro, la pólvora, una emboscada, la mirada esquiva de un oficial al que conocía demasiado bien, y después la caída. Pide agua en inglés y no obtiene respuesta; lo intenta en francés y tampoco; solo cuando lo susurra en español, el hombre que vigila junto a la ventana se gira.
Ese hombre es Brais de Sotomayor y Mendoza, marqués de Brisaboa, dueño del Pazo da Brétema, una casa de piedra encajada en la Galicia profunda donde todo —los muros, los suelos encerados, el silencio del servicio— habla de permanencia más que de ostentación. Brais ha expulsado a los franceses del interior con emboscadas que no figuran en los partes, y guarda en su despacho un mapa de la comarca anotado a mano: cada desvío, cada aldea, cada paso que podría cerrar si hiciera falta. Encontró a Simon junto a un río, sin insignias, medio muerto, y lo recogió no por caridad ni convicción, sino porque dejarlo morir le resultaba más ajeno que cargar con él.
La convalecencia se convierte en un pulso silencioso. Brais no pregunta el nombre de su huésped; sabe que acabará saliendo, de una carta, de un descuido, de un gesto. Ha registrado ya los objetos hallados encima del herido: una carta manchada de sangre, un anillo de sello parecido al suyo y un medallón de plata con un apellido grabado que no le dice nada. Simon, por su parte, mide los límites que le conceden: puede caminar, con cuidado; puede salir de la habitación, si no se aleja. Se detiene ante la puerta de la biblioteca y no entra. Ese detalle, para Brais, dice más que cualquier interrogatorio.
Con Isabel, la criada, Simon obtiene las primeras coordenadas —el nombre de la casa, los días transcurridos, la certeza escueta de que no es prisionero—, pero las respuestas siguen llegando a cuentagotas. Y entre los dos hombres se instala algo que ninguno nombra: una atención sostenida, una lectura mutua de posturas y silencios, la disonancia de una belleza que no encaja en un paisaje de guerra y una dureza que tampoco se corresponde con esa belleza. Los franceses podrían volver. El valle podría dejar de ser irrelevante. Pero lo que ha empezado a cambiar dentro del pazo no obedece al calendario de ninguna campaña.
Novela histórica de atmósfera contenida, ambientada en la Galicia de la Guerra de la Independencia, donde la tensión se construye con gestos precisos, hospitalidad ambigua y dos hombres acostumbrados a no decir lo que no es imprescindible.
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