En un elegante hotel de montaña en San Martino di Castrozza, la joven Else recibe una carta urgente de su madre: su padre, un abogado con problemas de dinero, necesita treinta mil florines en tres días o será arrestado por desfalco.
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En un elegante hotel de montaña en San Martino di Castrozza, la joven Else recibe una carta urgente de su madre: su padre, un abogado con problemas de dinero, necesita treinta mil florines en tres días o será arrestado por desfalco. La única esperanza es que Else pida el préstamo a un conocido de la familia, el adinerado marchante von Dorsday, huésped del mismo hotel. A través del monólogo interior de Else, la narración recorre sus horas previas al encuentro: el tenis con su primo Paul y la señora Cissy Mohr, los paseos, la conversación con Dorsday y el torbellino de vergüenza, orgullo, deseo y desesperación que la petición desata en ella.
La acción transcurre en unas pocas horas de una tarde de septiembre en un hotel de los Dolomitas, adonde Else, de diecinueve años, ha viajado invitada por su tía Emma. Tras una partida de tenis con su primo Paul y la coqueta señora Cissy Mohr, Else recibe una carta urgente de su madre: el padre de la joven, un abogado vienés, ha vuelto a incurrir en graves deudas de juego y bolsa, y un fiscal amenaza con detenerlo si no se reúne una suma considerable en un plazo brevísimo. La familia, acostumbrada a sortear escándalos financieros gracias a la ayuda de parientes y conocidos, ve en Else la única salida posible: la joven deberá pedir el dinero a von Dorsday, un marchante de arte de cierta edad, elegante y algo libidinoso, que frecuentaba antes la casa paterna. A partir de ese momento, el relato —construido enteramente como flujo de conciencia— sigue el interior de Else mientras se prepara para el encuentro decisivo: sus recuerdos de infancia y de viajes, sus fantasías amorosas, su desprecio y al mismo tiempo su fascinación por los hombres que la rodean, su orgullo herido ante la humillación de tener que mendigar, y el pavor latente ante lo que Dorsday podría exigir a cambio. Cada gesto social —un saludo en el vestíbulo, una charla trivial sobre el paisaje o el próximo tren, un cigarrillo compartido con Paul— se entrelaza con la angustia creciente por el destino de su padre y por su propio lugar en un mundo que valora sobre todo las apariencias. El texto se detiene en el instante en que Else, ya vestida para la cena, aborda por fin a von Dorsday e inicia, con estudiada ligereza, la conversación que decidirá la suerte de toda su familia.
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