Ensayo de divulgación histórica que hace balance del ejército de Hitler: casi dieciocho millones de hombres, media Europa ocupada y una derrota total.
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Ensayo de divulgación histórica que hace balance del ejército de Hitler: casi dieciocho millones de hombres, media Europa ocupada y una derrota total. Cruzando investigaciones recientes, documentación de archivos del Este y escuchas secretas a oficiales prisioneros con el testimonio directo de quienes vistieron el uniforme, el libro reconstruye cómo una tropa limitada por Versalles se convirtió en instrumento de una guerra de exterminio, y hasta dónde llegó la responsabilidad de sus actores.
En 1933 el ejército alemán apenas reunía cien mil hombres, sin tanques ni aviación; seis años después atravesaba la frontera polaca con más de dos millones y medio de soldados. Ese salto —planificado antes de que Hitler llegara al poder y ejecutado con su impulso— es el punto de partida de este libro, que se propone algo más difícil que narrar campañas: establecer un balance de lo que la Wehrmacht fue, hizo y permitió.
La obra sigue el arco completo de la institución. Reconstruye el rencor por la derrota de 1918 y la leyenda de la puñalada por la espalda, que ofrecieron a la casta de oficiales una explicación tolerable de su humillación; el rearme clandestino de los años veinte y el «gran plan» que ya dibujaba el ejército de la guerra futura; la temprana cena de febrero de 1933 en la que el nuevo canciller expuso ante el generalato la erradicación del marxismo y la conquista de espacio en el Este, y el juramento de fidelidad personal de 1934, que sellaría una obediencia de consecuencias catastróficas. Desde ahí avanza por Polonia, Francia, la invasión de la Unión Soviética, el fracaso ante Moscú, Stalingrado y el derrumbe final, cuando la esperanza de vida de un recluta se medía en semanas y morían más de un millón de soldados en apenas cinco meses.
El núcleo del planteamiento, sin embargo, no es la maquinaria sino sus actores: generales, oficiales, suboficiales y los llamados hombres normales. ¿Tropa dócil de obedientes o millones de jóvenes de los que se abusó? El libro rehúye la respuesta cómoda. Documenta la brutalidad ya en la campaña polaca, la aplicación mayoritaria de la orden que autorizaba fusilar comisarios capturados, el saqueo, los rehenes ejecutados y la implicación del ejército —no solo de las SS— en el asesinato en masa de prisioneros y en el Holocausto, apoyándose en un material especialmente revelador: las conversaciones que oficiales alemanes cautivos mantuvieron entre sí, grabadas sin que lo supieran por el servicio secreto británico, donde hablaban con una franqueza que ningún informe oficial recoge. Y a la vez desconfía de las cifras redondas y de los «todos»: propone estimaciones prudentes, distingue grados de responsabilidad y deja sitio a las excepciones, esos oficiales que desobedecieron y a los que llama héroes silenciosos.
Dos capítulos añaden matices incómodos. El dedicado a la resistencia de uniforme muestra que varios conjurados habían admirado antes al régimen o participado en la guerra de aniquilación, que la iniciativa partió de los oficiales y no de los mariscales, y que la oposición adoptó formas menores y cotidianas —órdenes ejecutadas con negligencia, presos liberados, decenas de miles de deserciones— hasta que el régimen terminó combatiendo a sus propios hombres. El último, sobre la lucha final, indaga en el enigma de la cohesión: por qué la mayoría de las unidades siguió peleando cuando ya no cabía esperanza, entre la propaganda, el miedo al cautiverio soviético y el temor a la represalia por lo cometido.
Alternando el análisis de historiadores con el relato en primera persona de quienes estuvieron allí, el resultado es un retrato en varios planos —el del mando, el del frente y el de las poblaciones ocupadas— de cómo un ejército llegó a convertirse en herramienta de una dictadura y en agente de la guerra más mortífera de la historia, hasta su propia desaparición.