Un hombre acepta ayudar a su mejor amigo a enterrar un cuerpo en el bosque, sin sospechar que la joven sepultada logrará salir de la tierra y que su huida destapará una verdad mucho más inquietante que el crimen.
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Un hombre acepta ayudar a su mejor amigo a enterrar un cuerpo en el bosque, sin sospechar que la joven sepultada logrará salir de la tierra y que su huida destapará una verdad mucho más inquietante que el crimen.
Noviembre de 2008. Una noche cualquiera se rompe cuando Samuel llega tembloroso a casa de Víctor, con las manos arañadas y las palabras atropelladas, pidiendo auxilio. Le habla de una mujer que está sola, que tiene frío, que está en el bosque. Víctor coge las llaves de su vieja camioneta y conduce sin hacer demasiadas preguntas, convencido de que proteger a su amigo bastará para poner las cosas en orden. Lo que encuentra al final de aquel camino de tierra —un mechón rubio manchado de sangre asomando entre la tierra removida— convierte la lealtad en complicidad y la amistad en una condena.
A pocos metros de allí, Diana despierta enterrada. Araña, escupe tierra, saca la cabeza y se levanta como un cadáver que abandona su propia tumba. Tiene la cabeza herida, las zapatillas blancas cubiertas de barro y una certeza terrible: alguien quiso hacerla desaparecer y podría seguir cerca. Mientras busca un camino de vuelta a casa, su memoria reconstruye a trozos la vida que la trajo hasta aquí: unos padres adoptivos que nunca la quisieron y que ella escuchaba de madrugada desde las escaleras; el afecto tibio de Elsa, la mujer que la crió a fuerza de chocolate caliente; las carreras al amanecer alrededor del parque; y Salva, el amigo de la infancia convertido en novio, y el novio convertido en un hombre posesivo cuya mano acabó cruzándole la cara.
La novela avanza alternando dos voces —la de Víctor, atrapado en su propia niebla, y la de Diana, que lucha por sobrevivir— y las hace chocar. A la mañana siguiente, Víctor aparece en un supermercado con las manos ensangrentadas y sin recuerdo alguno de cómo llegó allí; un teniente lo interroga, sospecha algo más oscuro bajo la superficie y termina soltándolo por falta de pruebas. Diana, por su parte, cree encontrar la salvación en los faros de un coche que se detiene en la carretera, hasta que levanta la vista hacia el conductor y lo recuerda todo. Encerrada en un sótano, atada y amenazada con un cuchillo, escucha una frase que lo reordena todo: no debió hacerle daño a Víctor.
Con una estructura de capítulos fechados que aprietan el tiempo hasta convertirlo en cuenta atrás, versos breves a modo de umbral y una atmósfera de alcornocales húmedos donde la luz apenas entra, esta es una historia sobre lo que estamos dispuestos a hacer por quienes queremos, sobre el maltrato que se disfraza de amor y sobre las identidades que se sostienen en el vacío. Nada es exactamente lo que parece: ni el crimen, ni la víctima, ni el amigo que cava el agujero.
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