Un pintor termina un retrato que nunca tuvo modelo y, poco después, la mujer del lienzo desaparece del cuadro: comienza así una historia de terror gótico en la que un detective llega a un pueblo con niebla, cementerio abierto y cuatro…
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Un pintor termina un retrato que nunca tuvo modelo y, poco después, la mujer del lienzo desaparece del cuadro: comienza así una historia de terror gótico en la que un detective llega a un pueblo con niebla, cementerio abierto y cuatro casas vecinas, justo cuando aparece la primera víctima con la garganta destrozada.
Raymond Leans pintó, en un arrebato que no supo explicar ni detener, el retrato de una muchacha de cabellos negros y ojos oscuros a la que nadie había visto jamás y para la que no hubo modelo alguno. La llamó Geraldine, sin saber por qué ese nombre y no otro. Desde entonces vive en una angustia continua: cree que el cuadro lo mira, primero con una invitación insinuante y luego con un odio que parece prometerle la muerte. Sus vecinos —la severa señora Hilggar y su joven señorita de compañía, Marianne; Susan Dowr, prometida del doctor Morley; y el excéntrico Basil Nolan, a quien algunos tienen por perturbado— celebran la obra como una obra maestra, aunque una de ellas confiesa en voz baja que la pintura resulta sobrecogedora, como si estuviera viva.
Una noche, Leans sube a la buhardilla y encuentra el lienzo vacío: solo queda el hueco recortado donde estuvo la figura. Aterrado, escribe a un viejo conocido, el detective privado Alec Cuff, pidiéndole que acuda antes de que sea tarde. Cuff llega a Biddington entre bancos de niebla, cruza frente a un cementerio con la verja abierta y, en el camino, casi atropella a la hija del sepulturero, una muchacha que bromea con la muerte porque vive entre nichos. Esa misma noche, la joven acude a una cita concertada entre las tumbas, atraída por la promesa de un dinero que solo exigía su silencio. Quien aparece entre la niebla lleva unos guantes de hierro con las palmas erizadas de púas.
El detective se instala entre las cuatro casas del borde de la carretera y empieza a tirar de los hilos. Su amigo exige que resuelva lo imposible; él responde con una condición razonable —que un médico lo examine— y con una convicción propia: en todo aquello hay gato encerrado, y piensa cazarlo. Mientras el sepulturero jura venganza a gritos frente a las viviendas de sus vecinos, Cuff descubre que el retrato no nació de la nada: hubo un accidente, una amnesia de dos meses, un tratamiento médico y, veinte millas más allá, una muchacha muy hermosa de largos cabellos negros y ojos fascinantes que un hombre de la zona amó y perdió. La novela avanza sobre esa doble lectura —lo sobrenatural y lo calculado— sin decidirse a soltar ninguna de las dos, con heridas de simetría imposible, vecinos que saben más de lo que dicen y una casa llena de látigos, sables y hachas de verdugo.
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