En un piso destartalado de Manhattan, J. Eugene Raxford —presidente casi simbólico de una diminuta organización pacifista venida a menos— recibe la visita de un desconocido impecablemente vestido que confunde su grupo con una red…
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En un piso destartalado de Manhattan, J. Eugene Raxford —presidente casi simbólico de una diminuta organización pacifista venida a menos— recibe la visita de un desconocido impecablemente vestido que confunde su grupo con una red terrorista internacional y lo invita a una reunión secreta de conspiradores. Entre la vigilancia rutinaria y torpe del FBI, una novia rica y encantadoramente despistada, y un mimeógrafo que se niega a funcionar, Raxford se ve empujado hacia una intriga de espionaje que jamás pidió protagonizar.
La novela arranca con una escena doméstica y ruinosa —un aparato de oficina averiado, un apartamento humilde— que rápidamente se ve interrumpida por la llegada de Mortimer Eustaly, un visitante de modales exquisitos y vestuario ostentoso que trastoca por completo la rutina de J. Eugene Raxford. Raxford dirige, con más resignación que entusiasmo, la Unión para la Independencia de los Ciudadanos, un grupo pacifista fundado años atrás en pleno fervor estudiantil y reducido ahora a un puñado de miembros dispersos. Eustaly, sin embargo, cree haber encontrado en él al líder de una organización terrorista más, una entre once que según su teoría comparten método aunque no ideología, y le propone sumarse a una coalición secreta de grupos violentos que se reunirá esa misma noche.
A partir de este malentendido inicial, la narración —contada en primera persona por el propio Raxford, con un humor seco y una atención minuciosa a los pequeños absurdos cotidianos— despliega un juego de espejos entre la paranoia institucional y la incompetencia bienintencionada. Los agentes del FBI que vigilan a Raxford desde hace años, identificados apenas por iniciales y siempre intercambiables entre sí, interpretan cada gesto inocente como prueba de conspiración, mientras el propio protagonista intenta, sin mucha convicción, hacerles creer una verdad que a esas alturas ya suena inverosímil incluso para él. A este cuadro se suma Angela Ten Eyck, hija de un magnate industrial, pareja ocasional de Raxford y personaje de belleza notable pero de un candor casi cómico, cuya insistencia en que su novio actúe frente a la posible amenaza añade una presión doméstica a la creciente confusión política.
El relato construye su comedia a partir del contraste entre la genuina inocencia pacifista de Raxford y el mundo de sospechas, siglas y disfraces retóricos que lo rodea: agencias que ven conspiración en cualquier silencio, un impostor que disecciona con orgullo casi profesional el terrorismo como estrategia, y un protagonista que preferiría simplemente arreglar su mimeógrafo. La sátira se dirige tanto a la maquinaria de vigilancia de la Guerra Fría como a los propios movimientos de protesta, retratados con cariño irónico como microcosmos de rivalidades internas y devociones a medias. El resultado es una comedia de enredos con tintes de espionaje, donde el verdadero suspense no reside en la traición o la bomba, sino en cuánto tiempo podrá Raxford mantenerse al margen de una historia que insiste en incluirlo.