Narrada con la textura de una memoria sensorial, esta obra sigue los primeros años de Balthazar B, un niño nacido en el privilegio de una casa blanca cerca de la Avenue Foch.
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Narrada con la textura de una memoria sensorial, esta obra sigue los primeros años de Balthazar B, un niño nacido en el privilegio de una casa blanca cerca de la Avenue Foch. Entre paseos en cochecito bajo los castaños de París y veranos frente al canal de la Mancha, su mundo se sostiene sobre dos certezas: la ternura constante de su ama y la seguridad tibia de las sábanas. La muerte del padre quiebra ese orden, y el niño es entregado a la órbita de su tío Edouard —aeronauta, cazador y bufón melancólico— mientras la única persona que lo quería sin protocolo se marcha a Inglaterra. Lo que empieza como idilio termina como aprendizaje temprano de la pérdida.
Todo comienza con un bautizo, sal en los labios y agua fría en la cabeza: Balthazar B nace en París, hijo de una madre rubia y hermosa y de un padre rico y apacible, en una casa grande junto a una plaza pequeña. Su infancia se cuenta desde muy abajo, casi a la altura de los barrotes del parque de madera, con una atención minuciosa a lo que un niño registra antes de entender: el azul del cochecito, el chino de porcelana que pesca eternamente y no se mueve, los pechos de la madre retirados de golpe, el primer ceño fruncido.
Los veranos transcurren en una casona gris al noroeste, tras una tapia con verja y dos puentecillos, donde el niño aprende a nadar, a rezar y a hablar inglés. Allí el mundo tiene un orden preciso: baguettes con jamón por la mañana, un parasol naranja al mediodía, conchas recogidas al atardecer y, para cerrar el día, un beso del ama y la promesa de que el mar grande no subirá rugiendo por el camino. Es también el escenario donde irrumpen los adultos con su ruido incomprensible: el tío Edouard, calvo y barbudo, recién llegado de África con relatos de leones y pitones; Fifi, con su sombrero rosa y su piel pálida; y una noche de luna llena en la que unas voces, un bofetón y una carrera descalza por el alquitrán tibio anuncian que algo se ha roto.
La segunda mitad del relato es una lección de mortalidad administrada en dosis breves. El padre muere y el niño pregunta qué significa: morir es cuando se enfría el corazón; también el suyo se enfriará un día. El cortejo atraviesa París con una precisión casi topográfica —la Avenue Foch, el Arco de Triunfo, el Trocadéro— hasta un mausoleo gris donde los hombres sudan bajando el ataúd por una escalera de caracol y el tío Edouard recita condecoraciones con la solemnidad de quien lleva, en la corbata, un globo aerostático y la leyenda Bon Voyage. La comedia y el duelo comparten el mismo aire sofocante.
Después llega la lectura del testamento en un despacho de la Avenue George V, con tormenta afuera, tías con tarros de miel y un notario que pregunta si hay dudas. El niño descubre a la vez que es riquísimo y que el dinero no compra lo único que le importa: que su ama se quede. No se queda. Balthazar es trasladado a la casa del tío Edouard, un territorio de osos disecados, pasillos erizados de lanzas, cocinas humeantes, perros que se odian y un ascensor particular averiado, donde el duelo se disfraza de anécdota, la anécdota de hazaña y la hazaña de excusa para una buena comida.
El resultado es un retrato de la infancia como estado de intemperie disimulada. La prosa avanza por acumulación de imágenes y por diálogos brevísimos en los que el niño insiste, desafía y negocia, y donde la voz adulta responde con evasivas cariñosas. Bajo el humor, a menudo escatológico y siempre irreverente, late una pregunta simple y sin respuesta: qué queda cuando te apartan de los brazos que te sostenían y te dicen adiós.