En un pueblo castellano azotado por la pobreza y el paso de las estaciones, un niño llamado el Nini y el hombre que lo cría, el tío Ratero, sobreviven en una cueva excavada en el páramo, cazando ratas y liebres mientras el alcalde del…
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En un pueblo castellano azotado por la pobreza y el paso de las estaciones, un niño llamado el Nini y el hombre que lo cría, el tío Ratero, sobreviven en una cueva excavada en el páramo, cazando ratas y liebres mientras el alcalde del lugar empuja para derribar las cuevas y obligar a sus habitantes a mudarse a casas.
La narración se instala en un paisaje agreste de tesos pardos, cárcavas y sembrados donde la vida transcurre marcada por el calendario agrícola y las supersticiones heredadas. El Nini, un muchacho de agudeza precoz, y el tío Ratero, hombre parco y solitario, habitan una cueva en la ladera, ajenos a las comodidades que el resto del pueblo empieza a adoptar. Su sustento diario depende de la caza de ratas en el cauce del río, oficio que ejercen con un código propio de respeto hacia la veda y la reproducción de los animales, y que los vecinos observan con una mezcla de desdén y necesidad, pues las ratas fritas del tío Ratero alimentan también a buena parte del pueblo. Alrededor de ellos se despliega un mosaico de personajes que encarnan las tensiones entre la tradición y una modernización impuesta desde arriba: Justito, el alcalde, empeñado en dinamitar las cuevas para que sus habitantes vivan «como señores»; el Pruden, labrador previsor que consulta al Nini sobre el tiempo y los sembrados; el Rabino Chico, que prefiere el lenguaje de las vacas al de los hombres tras la muerte violenta de su padre en la guerra; y el Antoliano, carpintero de ataúdes que ensaya el cultivo de champiñones en las cuevas abandonadas. A través de estas voces y de los recuerdos del Nini sobre sus tres abuelos —el podador metódico, el cazador de liebres a cachaba y la matarife serena ante la muerte—, la obra construye un retrato coral de una comunidad rural donde la miseria, la fe, la violencia pasada y la relación íntima con la tierra y los animales se entrelazan sin solemnidad, con un humor seco y una mirada atenta a los detalles del mundo natural que rodea a sus habitantes.