Memorias del cantante de una banda de rock australiana, que arrancan con una crisis auditiva en plena gira mundial y retroceden hasta una infancia de posguerra en el noreste de Inglaterra, hijo de un sargento británico y de una joven…
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Memorias del cantante de una banda de rock australiana, que arrancan con una crisis auditiva en plena gira mundial y retroceden hasta una infancia de posguerra en el noreste de Inglaterra, hijo de un sargento británico y de una joven italiana desarraigada.
El libro se abre con una escena que amenaza con ser un final: un estadio canadiense a reventar, lluvia helada, fiebre, y un vuelo tras el concierto que deja al narrador con los oídos taponados. Lo que él toma por un catarro de gira resulta ser el principio de una emergencia médica. Tres noches seguidas, a dos tercios del repertorio, deja de distinguir las guitarras y pierde el tono; sonríe y asiente en los camerinos y en las cenas fingiendo que oye. Semanas después, un especialista en Sídney le da un diagnóstico sin adornos —fluido cristalizado que hay que extraer de inmediato, sin garantías de recuperación— justo cuando quedan diez días para el siguiente concierto.
Esa amenaza al instrumento del que depende su oficio sirve de puerta a un retrato del grupo en su momento más frágil. El narrador describe una banda de todo o nada: torres de altavoces que no son atrezo, un guitarrista menudo y afable que fuera del escenario habla bajito y sobre las tablas se transforma en otra cosa, y un hermano mayor que rehúye el foco pero funciona como el corazón, el oído y la conciencia crítica del conjunto. Sobre ese retrato se acumulan las bajas: una retirada forzada por un diagnóstico neurológico, un bajista que anuncia su última gira, un batería ausente por problemas legales, y la sombra larga de un cantante muerto décadas atrás cuyo lugar el narrador ocupó.
De ahí el relato salta atrás, al Gateshead de posguerra, y cambia de registro sin perder el pulso. La banda sonora de la infancia es la máquina de coser de la madre —una italiana de familia acomodada que dejó Frascati, y a un prometido dentista, por un sargento bajito de voz atronadora— y sus llantos nocturnos. El padre sobrevive al norte de África y a Anzio para volver a un país racionado, a un trabajo de limpiar hornos en una fundición y a una casa donde llegan a convivir diecisiete personas. Hay hambre de sabores imposibles (el aceite de oliva se compra en la droguería, el ajo casi parece ilegal), xenofobia doméstica servida por la propia familia, paquetes llegados de Italia que la aduana o los tíos interceptan, y una tarde en la estación de Newcastle en que la madre casi se marcha para siempre con el niño de la mano.
El narrador no idealiza nada ni pretende arbitrar: avisa desde el principio de que otros recordarán los hechos de otro modo y que esta es solo su versión, contada más de cuarenta años después. Lo que sostiene el conjunto es una tesis modesta y repetida —la experiencia es lo que te llevas cuando no consigues lo que querías— y un humor seco que convierte incluso los bañadores de lana hechos a mano, empapados y caídos en una playa del mar del Norte, en un episodio memorable. Entre la posguerra y los estadios queda tendido el hilo de una segunda oportunidad que llegó tarde, en circunstancias trágicas, y que el narrador atribuye a partes iguales a la suerte y a no haberse quedado sentado esperando.
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