Ensayo de crítica cultural que recorre medio siglo de Barcelona, desde la muerte de Franco hasta hoy, para preguntarse de quién es la ciudad. A partir de imágenes, novelas, canciones, obras de teatro y episodios recientes —Casa Orsola, el…
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Ensayo de crítica cultural que recorre medio siglo de Barcelona, desde la muerte de Franco hasta hoy, para preguntarse de quién es la ciudad. A partir de imágenes, novelas, canciones, obras de teatro y episodios recientes —Casa Orsola, el Hermitage, el Port Vell, las pistolas de agua contra el turismo—, rastrea cómo se construyó el imaginario de la Barcelona democrática y cómo la marca global fue vaciándolo hasta convertir la vivienda en el campo de batalla decisivo.
El punto de partida es un portero automático sin llaves en un bloque del carrer Tarragona, en la frontera entre el Eixample y Sants: pisos de alquiler que se reconvierten en alojamiento de temporada al amparo de una rendija administrativa. De esa escena mínima arranca un recorrido de cincuenta años sobre cómo se ha imaginado, disputado y perdido Barcelona.
El libro no es una monografía académica ni aspira a la exhaustividad: es un ensayo de crítica cultural que busca discusión. Su materia son las imágenes que fijan el relato de una ciudad —de la fotografía de unos obreros manifestándose por el carrer Ferran a las turistas rociadas con pistolas de agua en 2024— y las obras que las acompañan: la novela de Montserrat Roig, el concierto de Lluís Llach en 1976, el Ocaña que pasea por la Rambla en el cine de Ventura Pons, las canciones que dialogan con el skyline olímpico, el teatro de Victoria Szpunberg sobre el burofax y el desalojo.
El argumento se organiza en dos tiempos. Primero, la construcción del imaginario democrático tras el franquismo, con 1992 como centro irradiador: la reconciliación con el mar, el modernismo institucionalizado, el Eixample convertido en núcleo de identidad mientras la Rambla dejaba de serlo. Después, la profanación de ese mito por la marca: turismo masivo, expats, inversión opaca, fondos que compran barato tras la crisis de 2008, el Hermitage que nunca llegó, los amarres de lujo del Port Vell. El barómetro municipal lo confirma: desde mediados de los dos mil, la mayoría de los vecinos cree que la ciudad empeora.
El autor escribe desde una posición que declara sin coartadas: vecino del Eixample, pequeñoburgués con alquiler simbólico en un piso familiar, espectador implicado más que activista. Esa honestidad de método le permite leer el malestar como algo interclasista y no como agravio propio, y conectar el presente con los puntos ciegos de la tradición liberal —Gaziel y su Barcelona invisible, Maragall y la Setmana Tràgica—, cuando los lúcidos no sabían ver la otra ciudad que crecía a su lado.
Al fondo late una pregunta incómoda y repetida: ¿es democrática una ciudad donde no pueden vivir quienes han nacido en ella? Con la vivienda como batalla determinante y la escala metropolitana como horizonte pendiente, el ensayo reclama volver a pensar la ciudad antes de poder rehacerla.