Dos hombres devuelven a Córcega el cuerpo de un amigo muerto y, al enterrarlo, entierran también la aventura que los había mantenido unidos. Novela de José Giovanni sobre la camaradería masculina, el duelo y el precio de una vida vivida…
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Dos hombres devuelven a Córcega el cuerpo de un amigo muerto y, al enterrarlo, entierran también la aventura que los había mantenido unidos. Novela de José Giovanni sobre la camaradería masculina, el duelo y el precio de una vida vivida fuera de las reglas.
Un velero de dieciocho metros, gastado por tres años de sol y sal, fondea junto a la vieja fortaleza genovesa de Algajola. A bordo viajan Manu y Roland, dos hombres curtidos que llegan del Pacífico, y un ataúd atado con cuerdas sobre las literas de la cabina. Dentro va el pequeño Laurent, el tercero del grupo, que murió hablando de las piedras de su pueblo y a quien sus amigos han prometido devolver a la isla en la que nació.
La primera parte del relato es una peregrinación funeraria seca y minuciosa. Manu y Roland recorren el castillo vacío que Laurent les describía en sus historias, comparten un vaso de vino con el guarda y su mujer, encuentran al alcalde de ochenta y seis años que aún puede inscribir un nombre en su libro de actas y suben con él a un cementerio de zarzas y coronas deshechas. Los muertos de la familia no están donde debían: hay que subir diez kilómetros hacia la montaña, hasta Aregno, con el ataúd en la caja de la camioneta del tendero. Allí, entre tumbas de granito y un templo antiguo marcado con serpientes y calaveras, los dos hombres se quitan la camisa, cavan sin descanso y comprueban lo que ya sabían: que la tierra pesa y sepulta para siempre.
Queda después la parte más difícil, la de los vivos. En el desierto de los Agriates, una pareja de pastores octogenarios —la tía de Laurent y su marido— recibe en una casa redonda de piedra seca los objetos del sobrino: un encendedor, un reloj, una sortija, una cadena con la cabeza de moro. No los aceptan. Son demasiado viejos, dicen; los objetos deben sobrevivir en manos de los jóvenes. Ocho cabras y una postal arrugada de Bretaña son todo lo que tienen, y Manu y Roland descubren que ni el dinero ni la generosidad sirven de nada frente a una vida reducida a lo esencial.
De regreso a Marsella, el gesto se vuelve definitivo: el material de exploración submarina, el aparato de tenazas monstruosas construido especialmente para la empresa que los reunió a los tres, cae por la borda junto con las escafandras, los motores y los cables. El puente queda limpio. Sobre él quedan dos hombres que llevaban años imaginando ese momento y que ahora no se atreven a mirarse, porque no lo habían previsto todo: haber alcanzado por fin el objeto de su búsqueda no los ha dejado libres, sino huérfanos de un amigo y de un motivo para seguir navegando.
José Giovanni escribe con la parquedad de quien conoce el oficio del silencio. La prosa avanza por gestos —una reja desquiciada de un empujón, una mano a la que le faltan dos dedos, un puñado de tierra que no llega a ser leve— y confía en el detalle antes que en la explicación. Córcega no funciona como decorado pintoresco sino como código moral: se saluda antes de preguntar, se entierra a los muertos con las propias manos, se venga a los amigos sin necesidad de anunciarlo. Publicada originalmente en 1960 como Les Aventuriers, la novela es menos una historia de acción que su resaca: el retrato de dos hombres que dieron el golpe con el que sueñan todos los aventureros y descubren que ya no saben retirarse.