Un narrador anónimo comparte piso en un París nocturno con C. Auguste Dupin, un caballero empobrecido de lucidez asombrosa, cuando la prensa informa de un doble crimen imposible en la rue Morgue: dos mujeres muertas con violencia extrema…
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Un narrador anónimo comparte piso en un París nocturno con C. Auguste Dupin, un caballero empobrecido de lucidez asombrosa, cuando la prensa informa de un doble crimen imposible en la rue Morgue: dos mujeres muertas con violencia extrema en un cuarto cerrado por dentro, sin salida practicable y sin móvil aparente. Los testigos coinciden en haber oído dos voces —una francesa y otra aguda que cada uno atribuye a un idioma distinto— y la policía, desconcertada, detiene a un inocente. Dupin decide investigar por su cuenta, convencido de que lo que vuelve el caso insoluble para todos es precisamente lo que debería resolverlo.
La obra abre con un ensayo breve sobre la facultad analítica: qué distingue al ingenio del análisis verdadero, por qué las damas exigen más agudeza que el ajedrez y cómo el buen jugador de whist lee a sus rivales en un gesto, una duda, una carta mal tirada. Esa reflexión no es adorno: funciona como manual de instrucciones para todo lo que viene después.
El narrador, residente pasajero en el París de una primavera indeterminada, conoce en una biblioteca de la rue Montmartre a monsieur C. Auguste Dupin, heredero arruinado de buena familia que ha renunciado al mundo y cuyo único lujo son los libros. Ambos se instalan en una mansión ruinosa del faubourg de Saint Germain, cierran las contraventanas al amanecer y viven a la luz de unas velas, reservando las calles para la madrugada. En esos paseos el narrador descubre el don de su amigo: Dupin reconstruye en voz alta la cadena entera de asociaciones que ha atravesado la mente de su compañero —un frutero, un adoquín suelto, la estereotomía, Epicuro, la nebulosa de Orión, un actor de estatura insuficiente— y lo hace con un tono frío, casi ausente, que sugiere al narrador la fantasía de un hombre doble: el creador y el analista.
La Gazette des Tribunaux interrumpe esa rutina. En la cuarta planta de una casa de la rue Morgue, los vecinos del quartier Saint Roch despiertan hacia las tres de la madrugada con gritos atroces, derriban una puerta y encuentran una habitación devastada: muebles rotos, una navaja ensangrentada, mechones de cabello gris arrancados de raíz, oro y joyas intactos sobre el suelo. El cuerpo de la hija aparece encajado cabeza abajo en el cañón de la chimenea; el de la madre, en el patio trasero, mutilado hasta lo irreconocible. La puerta estaba cerrada con llave por dentro, las contraventanas atrancadas, la trampilla del tejado clavada desde años atrás, las chimeneas demasiado estrechas para un cuerpo humano.
El grueso del relato se dedica a las declaraciones: una lavandera, un tabaquero, un banquero, un sastre inglés, un confitero italiano, un funerario español, dos médicos. Todos coinciden en lo esencial y ninguno en lo decisivo: la voz áspera era francesa, pero la segunda voz —aguda, chillona, desigual— es atribuida por cada testigo a una lengua diferente, y ninguno de ellos habla el idioma que cree reconocer. La policía, sin pista ni móvil, encarcela al empleado de banco que entregó cuatro mil francos a la anciana días antes.
Dupin obtiene un permiso, recorre la vecindad con una minuciosidad que su amigo no entiende, examina la casa y los cuerpos, y se detiene de vuelta en la redacción de un diario. Sólo al día siguiente habla, y lo hace primero contra el método policial: la agudeza sin pensamiento adiestrado, el error de mirar demasiado de cerca, la estrella que se ve mejor de reojo. Su tesis es una inversión: el carácter excesivo, desmedido, fuera de toda medida de los detalles no es lo que cierra el caso, sino la puerta por donde se entra en él. El texto se corta mientras Dupin empieza a desmontar la supuesta ausencia de salida, dejando planteada la pregunta que el lector ya no puede dejar de hacerse: no quién tuvo motivo, sino qué clase de fuerza y qué clase de voz pudieron hacer aquello.
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