En un Kabul marcado por la guerra civil, un joven llamado Rasul entra en la casa de una anciana prestamista dispuesto a matarla, pero el recuerdo de una célebre novela rusa lo paraliza justo antes del golpe.
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En un Kabul marcado por la guerra civil, un joven llamado Rasul entra en la casa de una anciana prestamista dispuesto a matarla, pero el recuerdo de una célebre novela rusa lo paraliza justo antes del golpe. El crimen ocurre de todos modos, casi por accidente, y desencadena una huida errática por callejones, mercados y bombardeos, mientras la culpa, el amor silencioso por su prometida y los fantasmas de la ficción se disputan lo que queda de su conciencia.
La historia arranca en el instante mismo de un crimen: Rasul, joven empobrecido, levanta un hacha sobre nana Alia, una anciana que guarda dinero y joyas en su casa, y en ese segundo su mente se llena con la trama de una famosa novela rusa sobre un asesino y su remordimiento. La vacilación no impide la muerte, pero sí lo despoja de la frialdad necesaria para completar el robo: huye sin el dinero, sin las joyas, sin el hacha, saltando tejados con el tobillo lastimado mientras una voz de mujer descubre el cadáver. Convencido de que alguien más se ha llevado el botín que él considera suyo —necesario para su madre, su hermana y su prometida Sufia—, emprende una persecución absurda tras una mujer cubierta con burka que se pierde entre decenas de mujeres idénticas en las calles de Kabul. La narración lo sigue después por una ciudad sacudida por explosiones de misiles, cadáveres, un anciano que llora la pérdida de su dentadura de oro y rumores atroces sobre carne humana vendida en el mercado; en medio de ese caos, Rasul reparte el único billete que posee entre una madre desesperada, gesto que él mismo desconfía de llamar compasión. De regreso a su cuarto alquilado, incapaz de encontrar rastro visible de sangre en su ropa, descubre que ha perdido la voz: ningún sonido sale de su garganta. Esa noche escribe en un cuaderno robado hace años a la mujer que ama, Sufia, mezclando la confesión del crimen —‘Hoy he matado a nana Alia’— con la crónica de un amor nunca declarado, nacido en la biblioteca de la universidad y sostenido después a distancia, entre miradas furtivas y poemas que ella jamás ha leído. El relato se abre entonces a un segundo tiempo, el reencuentro casual con Moharamollah, el padre de Sufia, mutilado por la guerra y entregado al hachís en una casa de té, cuyo relato sobre haber empujado a un director corrupto a la muerte con un falso whisky introduce, en espejo, la misma pregunta que atraviesa toda la obra: dónde termina la justicia y dónde empieza el crimen. Entre la culpa, la ironía negra de los personajes secundarios y una ciudad que vive bajo el peso simultáneo de la ocupación, la guerra fratricida y la miseria, el relato construye el retrato de un hombre que no logra distinguir si actuó por necesidad, por debilidad o por una ficción que terminó por poseerlo.
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