Una hija adulta se enfrenta a la libreta de tapas doradas donde su madre, Raquel Vidal, escribió sus memorias poco antes de morir. Lo que encuentra no es un ajuste de cuentas ni una disculpa, sino un catálogo caprichoso de recuerdos,…
Descargar
Una hija adulta se enfrenta a la libreta de tapas doradas donde su madre, Raquel Vidal, escribió sus memorias poco antes de morir. Lo que encuentra no es un ajuste de cuentas ni una disculpa, sino un catálogo caprichoso de recuerdos, elipsis y glorias inventadas que la obliga a reconstruir por su cuenta la historia de una familia protestante de Barcelona, marcada por una madre imperiosa, tres hermanas aliadas por necesidad y una infancia donde la ternura llegaba siempre a destiempo. Entre el trámite de una funeraria, los pasillos de una residencia y los paseos hacia el puerto con el abuelo, la narradora ensaya la única forma de duelo que le queda: escribir lo que su madre nunca supo decirle.
Todo empieza con una escena mínima y devastadora: una niña de seis años llena una hoja de garabatos y se convence de que está escribiendo; su madre le arranca el papel, lo arruga y la manda a quitarle las medias. Cuarenta años después, esa niña ha aprendido a escribir de verdad, y lo hace para completar el hueco de una disculpa que jamás llegó.
El motor del relato es una libreta de espiral con un adhesivo que reza “Confeccions Vidal”: la autobiografía que Raquel Vidal, ya en una residencia y consciente de que le quedaba poco, redactó como ofrenda póstuma a sus tres hijas. Raquel nació en 1925 en el seno de una familia protestante de Sant Gervasi, la primera de unas trillizas, y creció convencida por su padre de que era una princesa enviada al mundo para ser servida. Esa certeza organizó su vida entera: el matrimonio con un médico, la corte de mujeres a su disposición, la coquetería tenaz, las exigencias que ni la vejez ni la enfermedad lograron domesticar.
La narradora, la menor de las hermanas, lee esas páginas y descubre que no encajan. Los cristales luminosos del relato materno no cuajan con la memoria resentida de Dèbora y Rut, las hermanas mayores, que sí recuerdan los tirones de pelo, los bofetones ante un montón de ropa mal doblada, la alianza forzosa que tuvieron que sellar para sobrevivir. Ella, en cambio, apenas conserva destellos: se tapó demasiadas veces los oídos, aprendió de niña a cambiar de canal dentro de su propia cabeza. De esa amalgama porosa —memorias ajenas, testimonios contradictorios, olvido propio— intenta levantar algo que sirva para contar el final de su madre y su propio principio sin ella.
El libro avanza por episodios que alternan el humor seco y la crudeza. La discusión con un empleado de la funeraria por unas flores y un maquillaje que nadie encargó. Las escaramuzas cotidianas en la residencia, donde Raquel rebautiza a todas las cuidadoras como María Pilar, exige la leche en vaso de vidrio y solo accede a levantarse si le traen la silla eléctrica con la que recorre los pasillos bendiciendo a los demás ancianos. Los paseos de la infancia con el abuelo, antiguo colportor que repartía biblias por España y adoctrinaba a su nieta en una fe sin imágenes, entre partidas al Juego de la Oca y promesas de un viaje en las Golondrinas que nunca se cumplió. La búsqueda de una residencia adecuada, con su desfile de folletos satinados y directores disfrazados de vampiro. Y el hallazgo turbador de un cajón lleno de recortes: fotografías familiares decapitadas, rostros de la madre recortados en círculos, esperando un cuerpo mejor.
Es un retrato sin absolución de una mujer difícil, explosiva y magnética, y a la vez la crónica de una hija que intenta entender por qué la memoria la protegió borrando. Con un catalán preciso y una ironía que nunca alivia del todo, la obra explora la herencia física y emocional que se transmite entre mujeres —las piernas, la rabia, la manera de callar—, la culpa de decidir el destino de una madre, la fe como estructura y como carga, y esa pregunta que solo puede formularse cuando ya es tarde: qué hacemos con quienes se van sin dejarnos preguntarles nada.