Una periodista pelirroja acude a un club nocturno de Nueva York para entrevistar a un artista ciego que asegura dejar sin vista a su público durante un minuto.
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Una periodista pelirroja acude a un club nocturno de Nueva York para entrevistar a un artista ciego que asegura dejar sin vista a su público durante un minuto. La curiosidad se le vuelve encima: tras el número despierta golpeada, a oscuras y en un lugar desconocido, cautiva de un hombre que dice haber detectado en ella algo que lo alarmó.
En la fachada poco prometedora del Night Club Night, un local de Nueva York que ni siquiera el taxista se atreve a recomendar del todo, se anuncia una atracción singular: el Profesor Tenebro promete a sus espectadores un minuto de ceguera absoluta, angustia garantizada, pánico como estímulo vital. Hasta allí llega Alma Lombard, una mujer de belleza notable y aplomo aún más notable, que se presenta como redactora de una revista semanal de escasa tirada y que negocia su entrada al backstage con una mezcla de simpatía, billetes y amenazas de karate proferidas entre risas.
En un camerino angosto la esperan tres figuras: un gigante calvo y silencioso llamado Oliver, un pelirrojo afable y evasivo que dice ser amigo del artista, y el propio Tenebro, elegante de esmoquin, de rasgos aristocráticos y unos ojos de un blanco grisáceo que parecen de humo. La entrevista se convierte pronto en un duelo cortés: ella pregunta por nombres, fechas y domicilios; él responde con una biografía imposible de caimanes y neblinas, con vaguedades sobre facultades de percepción que no son truco, y con una observación inquietante sobre la inteligencia excepcional que percibe en su visitante. Ninguno de los dos está diciendo del todo la verdad, y ambos lo saben.
Cuando el número comienza, la sala entera comprueba que la promesa del cartel no era publicidad. Las luces parecen apagarse desde dentro, la oscuridad se espesa hasta borrar el rostro pálido del artista, y estallan los gritos, las sillas caídas, el pánico anunciado. En ese minuto de negrura alguien roza la cabeza de la periodista y algo la derriba. Despierta sin saber cuánto tiempo ha pasado, con un dolor que le atraviesa el cráneo, los ojos abiertos y nada delante: ni luz, ni sonido, ni referencia alguna. Tanteando paredes y puertas encuentra por fin un rostro frío en la oscuridad y una voz que le explica, con calma casi amable, que las luces están encendidas y que ella es quien ya no ve. Le habla de un lugar llamado el Palacio de las Tinieblas, de una camioneta, de un golpe encargado a un cómplice, y del verdadero motivo del secuestro: no la incomodó su curiosidad periodística, sino su inteligencia y, sobre todo, su mentira.
Relato de suspense clásico narrado con humor seco y diálogo veloz, la obra construye su amenaza con recursos mínimos —una oscuridad que nadie puede explicar, un artista que no revela su nombre, una protagonista que finge menos de lo que sabe— y cierra su primer tramo justo cuando ambas identidades falsas empiezan a caerse.
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