Antología de mitos y leyendas inuit de Groenlandia recogidos por el explorador Knud Rasmussen, precedida de un prólogo biográfico que reconstruye su vida entre dos mundos y las expediciones que hicieron posible este rescate cultural.
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Antología de mitos y leyendas inuit de Groenlandia recogidos por el explorador Knud Rasmussen, precedida de un prólogo biográfico que reconstruye su vida entre dos mundos y las expediciones que hicieron posible este rescate cultural.
El 21 de diciembre de 1933, Dinamarca despidió a Knud Rasmussen, el explorador polar al que sus contemporáneos llamaban «el hombre al que precedía su sonrisa». El prólogo que abre este volumen reconstruye su trayectoria: nacido en 1879 en Jakobshavn, hijo de un pastor danés y de una madre danesa e inuit, se crio hablando groenlandés y guiando trineos de perros, hasta que a los doce años fue enviado a Dinamarca y quedó suspendido entre dos culturas. Aquel desarraigo alimentó una vocación que lo llevó de vuelta al Ártico una y otra vez: la Expedición Literaria de 1902, el encuentro con los inuit polares en cabo York, la fundación de la estación comercial de Thule y, sobre todo, la Quinta Expedición Thule, en la que recorrió dieciocho mil kilómetros en trineo desde Groenlandia hasta Siberia visitando a cada pueblo inuit del camino. Su interés nunca fue llegar el primero a ninguna parte, sino escuchar a las personas.
De esa escucha nace el cuerpo del libro. Rasmussen anotaba cada relato en groenlandés a la luz de la lámpara de grasa, pedía que se lo repitieran y después lo traducía respetando la voz de quien lo contaba. La selección reunida aquí distingue entre los oqalugtuat —mitos antiguos comunes a todos los inuit, de Alaska a Groenlandia oriental— y los oqalualât, historias locales de personas aún recordadas, teñidas también de lo fantástico. El conjunto compone una cosmología completa: la Tierra que cae del cielo, los primeros niños que brotan del suelo entre arbustos de sauce, los perros que surgen de los montículos, y las dos ancianas que negocian el trato fundacional de aceptar la muerte a cambio de la luz.
Desfilan por estas páginas Sol y Luna, hermanos que huyen al cielo con sus antorchas; el anciano cazador convertido en la estrella «la que escucha»; Nalíkátêq, la vieja que baila hasta arrancar una sonrisa a sus huéspedes para devorarles los pulmones; el ladrón de entrañas con su bandeja de madera; el petrel que se disfraza de hombre con gafas de colmillo de morsa; Nerrivik, la señora de los mares a quien los chamanes peinan para que libere las focas; las hermanas que se vuelven espíritus del trueno y solo temen a un perro rojo. Son relatos donde el tabú tiene consecuencias físicas, donde reír puede costar la vida y donde los muertos regresan porque aún no entienden en qué consiste morir.
Más allá de su valor narrativo, el libro documenta un mundo en el umbral de su transformación. Rasmussen sabía que la cultura inuit sería absorbida por Occidente y trabajó más de treinta años para conservar por escrito lo que hasta entonces solo había existido en la voz de quienes acortaban con estas historias las largas noches de invierno.
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