En «Nada que perder», Jack Reacher cruza a pie la línea de asfalto que separa dos pueblos de Colorado llamados Hope y Despair y descubre que el segundo hace honor a su nombre: allí nadie le sirve un café, cuatro hombres le invitan a…
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En «Nada que perder», Jack Reacher cruza a pie la línea de asfalto que separa dos pueblos de Colorado llamados Hope y Despair y descubre que el segundo hace honor a su nombre: allí nadie le sirve un café, cuatro hombres le invitan a marcharse y la policía local lo detiene sin molestarse en buscar un cargo. Lo que empezó como un capricho de viajero —recorrer literalmente el camino de la esperanza a la desesperación— se convierte en un pulso entre un hombre sin equipaje ni ataduras y un pueblo entero decidido a que no se quede.
La novela abre lejos de todo: un joven agoniza de sed y de hambre bajo un sol extraño, discutiendo consigo mismo si es un hombre o un chico, valiente o cobarde, mientras imagina cosas que se sueltan de sus amarras y se van a la deriva. Cierra los ojos sin saber si volverá a abrirlos. Esa escena queda flotando como una deuda narrativa sobre todo lo que viene después.
Lo que viene después es Jack Reacher caminando hacia el oeste. Va cruzando el continente en diagonal, de Maine a California, en autobuses cuando los hay, haciendo autostop cuando no y a pie cuando tampoco. En el este de Colorado se topa con dos pueblos vecinos cuyos nombres le resultan irresistibles: Hope y Despair. La frontera entre ambos es una junta de dilatación de dos centímetros rellena de goma negra, allí donde el asfalto liso y caro de uno se encuentra con la brea y la gravilla del otro. Reacher la pisa sin mirarla. Más tarde recordará ese instante con una precisión incómoda.
Despair es gris donde Hope era ámbar, fría donde Hope era cálida, y está envuelta en la neblina de algo industrial que crece en su extremo oeste. En la gasolinera no venden café. En el único restaurante del pueblo la camarera lo mira una vez y decide no volver a verlo. Cuando por fin se sienta solo a una mesa, una camioneta se detiene en la acera y bajan cuatro hombres de manos grandes, narices rotas y dientes ausentes que se reparten las sillas vacías y le explican que ahí no va a comer. Reacher pide una taza de café solo, sin azúcar, y avisa al dueño de lo que costará negársela. Se la sirven. La bebe entera, deja un dólar bajo el platillo y sale a la calle a resolver el resto del asunto.
Lo resuelve a medias. Un puñetazo deja a uno de los cuatro tendido en el cemento, los otros tres calculan sus probabilidades y, antes de que nadie decida nada, aparece un Crown Victoria blanco y dorado con el escudo del Departamento de Policía de Despair en las puertas. El agente que baja con una escopeta no busca testigos ni versiones: anuncia una detención y admite sin pudor que ya se le ocurrirá el cargo. Los cuatro hombres, resulta, están juramentados como ayudantes. Reacher pasa la tarde en una celda del sótano, sin abogado de oficio y sin acusación, hasta que le informan de que el juez está listo.
El arranque establece con nitidez las reglas del juego: un pueblo que ha convertido la expulsión de forasteros en un procedimiento rutinario, con su restaurante, su comisaría y su juzgado alineados en la misma dirección; y un hombre cuyas únicas posesiones caben en los bolsillos —dinero, un pasaporte caducado, una tarjeta y un cepillo de dientes plegable— y cuyo único principio rector es no dar nunca media vuelta. Esa inflexibilidad, que él mismo reconocerá como un defecto, es lo que lo mantiene dentro de Despair cuando cualquier persona razonable ya estaría a veinte kilómetros de allí. Y es lo que empieza a tirar del hilo que une a un pueblo hermético con el muchacho moribundo del principio.