Un empleado gris del Ministerio de la Verdad se atreve a abrir un cuaderno en blanco y escribir la fecha. Ese gesto mínimo, en una Londres vigilada por telepantallas y presidida por un rostro que lo observa todo, basta para convertirlo en…
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Un empleado gris del Ministerio de la Verdad se atreve a abrir un cuaderno en blanco y escribir la fecha. Ese gesto mínimo, en una Londres vigilada por telepantallas y presidida por un rostro que lo observa todo, basta para convertirlo en criminal. La novela de George Orwell sigue a Winston Smith mientras intenta conservar la memoria de lo ocurrido en un régimen dedicado a reescribir el pasado, amar al Partido y demostrar que dos más dos pueden ser cinco.
Londres, capital de la Franja Aérea Uno, es una ciudad de casas apuntaladas, escaleras sin ascensor y carteles enormes en cada esquina. Winston Smith, treinta y nueve años y una úlcera varicosa que le arde en el tobillo, trabaja en el Departamento de Registro del Ministerio de la Verdad: su oficio consiste en corregir noticias antiguas para que la realidad coincida siempre con lo que el Partido afirma hoy. Vive bajo una telepantalla que emite y recibe a la vez, en la certeza aprendida —convertida ya en instinto— de que cualquier sonido puede ser escuchado y cualquier gesto observado.
Una tarde compra en una tienda de saldos un cuaderno de papel cremoso, se instala en el único rincón del cuarto que la telepantalla no alcanza y empieza un diario. No es ilegal, porque ya no hay leyes; simplemente se castiga con la muerte o con veinticinco años de trabajos forzados. En esas páginas Winston intenta escribir para el futuro, aunque sospecha que el futuro no lo escuchará. A su alrededor giran las cuatro pirámides ministeriales, los lemas del Partido —la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza—, los Dos Minutos de Odio, la Neolengua, que aspira a suprimir las palabras con las que se podría pensar una herejía.
Dos figuras entran en su vida el mismo día. Julia, joven, atlética y adornada con el fajín escarlata de la Liga Juvenil Anti-Sexo, despertará primero su desconfianza y después una rebelión hecha de encuentros clandestinos y placeres prohibidos. O’Brien, miembro corpulento y cortés del Partido Interior, encarna la esperanza de que exista una conspiración capaz de derribar el sistema. Entre ambos, Winston se atreve a leer un libro proscrito y a imaginar que el aparato tiene grietas. La respuesta llega en el Ministerio del Amor, un edificio sin ventanas, donde el poder revela su ambición última: no obligar a fingir una mentira, sino lograr que sea creída.
Publicada en 1949 y escrita en el aislamiento de la isla de Jura mientras la tuberculosis consumía a su autor, la novela sigue funcionando como advertencia sobre la vigilancia, la propaganda y la desaparición de la verdad objetiva.
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