Llers, un pueblo del Ampurdán, experimenta la devastación total durante la Guerra Civil española. En febrero de 1939, una explosión destruye los doscientos nueve edificios del municipio.
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Llers, un pueblo del Ampurdán, experimenta la devastación total durante la Guerra Civil española. En febrero de 1939, una explosión destruye los doscientos nueve edificios del municipio. A través de relatos entrelazados, la obra retrata la vuelta de un miliciano desertor que encuentra su hogar convertido en ruinas, las dificultades de una comunidad que se propone reconstruir su iglesia, y el dolor de un herrador que ha perdido toda su familia. Un retrato íntimo de la pérdida, la resiliencia y el silencio que deja la guerra.
A 8 de febrero de 1939, un polvorín estalla en la iglesia del pueblo de Llers durante la retirada republicana. En segundos, doscientos nueve edificios son destruidos, dejando un páramo de ruinas que marca para siempre la memoria colectiva.
La obra teje tres historias entrelazadas sobre el trauma de la guerra. La primera sigue el regreso de un joven miliciano desertor que, tras año y medio de combate, huye hacia Francia. Sin embargo, descubre que su pueblo ya no existe: solo escombros donde debería haber calles, casas e iglesia. Ha perdido la guerra, a su madre —muerta durante su ausencia—, y los lugares de la memoria misma. La devastación lo encadena a un silencio amargo.
La segunda narrativa retrata el esfuerzo colectivo para reconstruir la iglesia parroquial, demasiado pequeña. El rector convoca a los vecinos, pero el pueblo está exhausto: han soportado guerra, alojado soldados, comprado grano a precios insostenibles. El ferrero Guillem, mutilado de dos dedos, expresa la frustración compartida: mientras la nobleza retiene el diezmo, los pobres deben sostener la casa de Dios. Misser Mateu reclama una iglesia digna que hable de los llersencs por siglos, un acto de desafío ante la ruina.
La tercera historia es de dolor íntimo: el herrador Guillem regresa del cementerio tras enterrar a su familia, víctimas de fiebres. En una semana ha perdido dos hijos y su esposa, la Margarida. La soledad lo atrapa en el taller heredado de sus antepasados, aunque sabe que sus hijos nunca continuarán. El fuego de la fragua es su único consuelo, aunque rechaza hasta eso.
La obra es un monumento a la resistencia humana frente a la devastación, pero también testimonio del costo insoportable de la guerra. Llers no volverá a ser lo que era. Sus gentes aprenderán a vivir en el silencio de las ruinas.
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