Un ensayo narrativo que solo pide ser leído cuando se apaga la luz. Nocturnos recorre las horas que van del crepúsculo al alba para reunir, en clave de crónica, aquello que la oscuridad guarda: crímenes reales, mitos populares,…
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Un ensayo narrativo que solo pide ser leído cuando se apaga la luz. Nocturnos recorre las horas que van del crepúsculo al alba para reunir, en clave de crónica, aquello que la oscuridad guarda: crímenes reales, mitos populares, supersticiones y hallazgos que un periodista ha ido acumulando durante veinte años de investigación. Cada capítulo funciona como una parada en esa noche larga, con el lector convertido en el único testigo despierto.
Nocturnos parte de una premisa sencilla y algo teatral: la noche no es una interrupción del día, sino el estado natural de las cosas, y conviene leer sobre ella dentro de ella. De ahí las instrucciones que abren el volumen —abrirlo solo entre el anochecer y el amanecer, buscar una luz tenue, leer en soledad—, que funcionan menos como capricho que como declaración de método.
El autor, periodista con dos décadas de investigación a la espalda, ordena su archivo siguiendo una idea antigua: las divisiones de la noche que san Isidoro de Sevilla fijó en siete partes y que un cronista del siglo XV amplió con la «antelucana», el tramo en que el alba empieza a deshacer las tinieblas. Cada sección del libro corresponde a una de esas franjas, de modo que avanzar en la lectura equivale a atravesar la noche entera. La primera, el crepúsculo, se abre con los personajes que llegan cuando muere la luz.
El capítulo inicial reconstruye el caso del panadero de Anchorage que durante años cazó mujeres en los bosques de Alaska, en el auge desordenado que trajo la construcción del oleoducto. El relato alterna el trabajo de los perfiladores del FBI —cuyas deducciones sobre el tartamudeo, el acné y los trofeos resultaron inquietantemente exactas— con la fuga de una superviviente adolescente a la que costó que creyeran. El segundo capítulo cambia de registro y de miedo: la coulrofobia y su medición reciente, la sombra de la novela de Stephen King y el asesino de Chicago que se disfrazaba de payaso.
Lo que distingue al libro son los apuntes de madrugada que cierran cada caso: allí el autor añade lo que aportó su propia investigación y lo que los reportajes previos pasaron por alto. En el primero, el detalle de las voces que dos supervivientes dijeron escuchar mientras huían —y que identificaron con las mujeres asesinadas— se conecta con testimonios de alpinistas, de un superviviente del 11-S y del neurólogo Oliver Sacks.
El resultado es un catálogo heterodoxo, entre la crónica negra, la historia cultural y el folclore, que no busca el susto fácil sino explicar por qué la oscuridad sigue organizando nuestros miedos y por qué ver salir el sol nos sigue pareciendo una victoria.