Nuestras madres es una novela coral a diez voces que reconstruye la vida de dos generaciones de mujeres en Cataluña: las que llegaron a la edad adulta con el franquismo agonizando y las que vinieron después.
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Nuestras madres es una novela coral a diez voces que reconstruye la vida de dos generaciones de mujeres en Cataluña: las que llegaron a la edad adulta con el franquismo agonizando y las que vinieron después. Galardonada con el 63º Premio Sant Jordi, la tercera novela de Gemma Ruiz i Palà llega al castellano en traducción de Gemma Deza y con prólogo de Katixa Agirre. Entre la crónica histórica y la comedia doméstica, es un libro sobre los cuidados, el deseo, el trabajo y las heridas compartidas, escrito con una prosa oral, veloz y descaradamente viva.
Hay una historia que casi nunca se cuenta en los manuales: la de las mujeres que sostuvieron con el cuerpo el tránsito de una dictadura a una democracia. Nuestras madres se propone contarla desde dentro, sin solemnidad y sin nostalgia, dejando hablar a diez mujeres que fueron —o decidieron no ser— madres, y que entre todas componen un retrato generacional de una precisión asombrosa.
La novela abre con Lali, y en su capítulo está condensado el método del libro entero. Lali discute por teléfono con su hijo mayor sobre pañales de tela mientras trocea un pollo, y esa escena mínima, doméstica, cómica, se abre de pronto hacia atrás: hacia el trabajo en la fábrica, hacia una década cuidando a una madre impedida, hacia un aborto clandestino en 1985, cuando la ley recién aprobada dejaba a las mujeres a merced de la objeción de conciencia, de los precios abusivos o de las carnicerías del barrio. Lo íntimo y lo político no se alternan: son la misma frase.
Así avanza el libro. Las luchas obreras encabezadas por mujeres, la reivindicación del derecho al aborto, la experiencia de la madre migrante, el deseo lésbico, la sexualidad aprendida a escondidas o desaprendida a golpes, el reparto siempre desigual de los cuidados —lo que antes se llamaba sacrificio y ahora se llama jornada doble— entran en escena con nombre propio y sin pedir permiso. Hay episodios memorables de historia colectiva, como las Jornadas Catalanas de la Mujer de 1976, cuando cuatro mil mujeres desbordaron el Paraninfo de la Universidad de Barcelona y aprendieron juntas, bajo los retratos de los sabios de siempre, a explorarse el pecho y a nombrar su propio placer. Y hay guiños afectuosos a un universo propio: la peluquería que la autora ya había frecuentado en su novela anterior, o la aparición fugaz de Montserrat Roig junto a la fotógrafa Pilar Aymerich.
El gran hallazgo, sin embargo, es el estilo. Ruiz i Palà escribe como se habla en las cocinas y en las sobremesas: con onomatopeyas, refranes, eslóganes publicitarios de la época, interrupciones, ironía y una energía rítmica que arrastra desde la primera línea. La voz se acerca tanto al oído que por momentos parece que el libro conversa contigo. Esa cercanía permite que la crudeza no aplaste: cuando la historia duele, el humor toma el relevo; cuando la rabia sube, aparece la fiesta.
Porque Nuestras madres es también, y sobre todo, una celebración. Sus protagonistas encuentran refugio en lo que la novela llama el clan de la cicatriz: ese grupo de mujeres al que se recurre en las emergencias, las que coinciden contigo en la herida y también en la cura. Leerlas juntas, cantando a coro, es entender que la reparación histórica puede escribirse en clave de alegría.