En Guadalajara, Victoria «Tori» Ferrer sostiene una vida hecha de likes, amantes de una noche y una escandalera cuidadosamente administrada, todo para no mirar el hueco que dejó un padre que nunca llega a su cumpleaños.
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En Guadalajara, Victoria «Tori» Ferrer sostiene una vida hecha de likes, amantes de una noche y una escandalera cuidadosamente administrada, todo para no mirar el hueco que dejó un padre que nunca llega a su cumpleaños. A cientos de kilómetros, Sebastián Ruiz acaba de heredar un imperio tequilero que no quiere y una lista de pendientes escrita por su hermano muerto. Dos desconocidos, una equivocación, y el tiempo justo para descubrir qué hay debajo de la fachada.
Victoria Ferrer —Tori para quien alcance a seguirle el paso— ha convertido su vida en un espectáculo bien iluminado. Creadora de contenido bajo el hashtag que la hizo famosa, mide su existencia en historias subidas a tiempo, en rumores de romance con futbolistas y en la cara de escándalo de la vecina que aporrea su puerta a medianoche. Tiene un apartamento propio, un rottweiler llamado Pietro que es mejor juez de carácter que ella, y un amigo, Pablo, capaz de leerle el timbre de la voz antes que las palabras. Lo que no tiene es lo único que pediría: una comida sencilla con su padre el día de su cumpleaños. Año tras año llegan los regalos, los animadores, los arreglos florales con tarjeta firmada; nunca llega él. Tori ha aprendido a responder a esa ausencia con provocación, con humor filoso y con la teoría de que el tiempo, como decía Einstein, es relativo —sobre todo cuando se trata de esperar.
En el otro extremo de la historia está Sebastián Ruiz, nieto de Romina, la mujer que levantó una casa tequilera desde cero y que no piensa entregar su legado a los buitres que la rodean. Sebastián todavía carga la muerte de su hermano Diego, quince años de quimioterapias compartidas y un duelo que no ha encontrado salida: sonríe siempre, y esa sonrisa no es alegría sino armadura. Cuando Romina anuncia su propio diagnóstico y, de paso, lo nombra heredero delante de toda la familia, Sebastián recibe también un segundo encargo, más íntimo y más difícil: una hoja arrugada con la lista de pendientes que Diego nunca alcanzó a cumplir. El trato es simple y tiene fecha de caducidad. Poner en pausa el apellido, terminar la lista, volver antes de que sea tarde.
Sin coche, sin tarjetas y con la moto de su abuelo como única herencia inmediata, Sebastián sale a cumplir los deseos de un muerto para ver si de paso encuentra los propios. Tori, mientras tanto, sigue buscando en pantallas ajenas una respuesta que nadie le va a dar. Entre esos dos caminos que no tenían por qué cruzarse se cuela una equivocación —de esas que empiezan con un número marcado a destiempo— y que resulta ser la única cosa verdadera que le ocurre a cualquiera de los dos en mucho tiempo.
Sue F. Cossío construye una novela romántica de voz doble, con un humor ácido que se alterna con la ternura sin pedir permiso, y una escritura anclada en lo cotidiano: los jueves de enchiladas, los campos de agave, las llamadas que se cuelgan antes de llorar. Bajo la comedia hay un retrato honesto del duelo, del abandono y de las máscaras que se construyen para sobrevivirlos. Una historia sobre las personas que llegan por error y se quedan por decisión, dedicada —como advierte la propia autora— a todas aquellas equivocaciones que, fugaces o permanentes, dejaron huella.
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