Más de una década después de salir de Burkina Faso, Mahamoud Touré ha ido perdiendo por el camino a su familia, sus promesas y casi cualquier margen de elección.
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Más de una década después de salir de Burkina Faso, Mahamoud Touré ha ido perdiendo por el camino a su familia, sus promesas y casi cualquier margen de elección. En esta undécima entrega, Jon Arretxe lo instala en el Raval barcelonés, donde duerme en bancos, come en comedores sociales y acepta encargos que preferiría no contar, mientras la ciudad turística sigue funcionando a pocos metros como si nada de eso existiera. Una novela negra breve y áspera sobre la supervivencia en los márgenes, contada desde dentro por una voz que ya no se justifica ante nadie.
Mahamoud Touré llegó un día del desierto y del mar con un plan sencillo: trabajar, mandar dinero, volver. Nada de eso ocurrió. Diez años y varias ciudades después —Bilbao, París, Madrid, las Canarias—, su mujer y sus hijos han dejado de esperarlo, sus amigos están dispersos o presos, y el regreso a Gorom-Gorom se ha vuelto imposible no por la distancia, sino por la vergüenza de llegar con las manos vacías. Solo le queda huir hacia adelante. Por eso subió a un barco rumbo a Barcelona.
La ciudad que encuentra tiene dos capas superpuestas. Una es la de las postales: Las Ramblas, la Boquería, la Barceloneta, los hoteles de muchas estrellas y las multitudes que se fotografían junto al gato de bronce. La otra es la que Touré habita, un perímetro estrecho de calles del Raval donde se acumulan los desahuciados, los sin papeles, las prostitutas veteranas que llevan décadas resistiendo en el mismo portal, los que empujan carros de chatarra y los que duermen donde pueden. Entre ambas capas no hay muro, apenas unos metros de acera y una invisibilidad perfectamente funcional: nadie le da un folleto publicitario, nadie interviene cuando cuatro cabezas rapadas lo persiguen navaja en mano por una plaza del barrio alto.
Sin sus incondicionales —Osmán, Xihab, Cristina—, Touré depende de figuras nuevas y menos fiables. La principal es Petko, búlgaro, dueño de un bar sórdido donde suena ópera a todo volumen y antiguo cantante frustrado, que hace de intermediario para trabajos que nadie firma: un catre por horas, doscientos euros, un encargo del que es mejor no preguntar el origen. Cada aceptación abarata un poco más el precio de Touré. Su viejo lema, «todo por la pasta», empieza a corregirse con matices que él mismo no termina de creerse, mientras un coche blanco de cristales tintados aparca frente al bar y se marcha sin que nadie explique quién iba dentro.
Arretxe sostiene el relato en primera persona y en presente, un procedimiento que impide toda distancia: el lector piensa con Touré mientras corre, calcula, se palpa la herida, decide a quién golpear y a quién dar las gracias. Es una voz que alterna la crudeza con la ternura y con un humor seco que no busca redención. La novela registra también el clima que se está espesando alrededor: una extrema derecha cada vez más envalentonada en la calle, encargos diseñados precisamente para que los cometa un negro sin papeles, y la certeza incómoda de que la degradación no siempre llega desde fuera.
Undécima entrega de una serie que lleva años siguiendo el mismo itinerario descendente, «Números rojos» funciona como novela independiente y como estación de un recorrido más largo. No hay caso que resolver ni cliente que pague: el misterio es cuánto queda de un hombre cuando se le retira todo lo demás. Traducida del euskera por Cristina Fernández Blanco, es una obra corta, dura y honesta, más interesada en mirar de frente que en consolar.