Una joven pianista baja del autocar en Mattersson solo para tomar un café y termina atrapada en la mansión de un hombre al que todo el pueblo señala como asesino.
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Una joven pianista baja del autocar en Mattersson solo para tomar un café y termina atrapada en la mansión de un hombre al que todo el pueblo señala como asesino. Cuatro cajas alargadas que gotean sangre convierten su empleo en una pesadilla y, cuando el dueño de la casa es ejecutado, su testamento la nombra heredera de una fortuna inmensa bajo dos condiciones tan crueles como incomprensibles. Novela de misterio criminal y terror doméstico, narrada con pulso rápido, en la que una herencia envenenada, unas hachas recién afiladas y una casa envuelta en niebla componen el tablero de una venganza planeada desde la tumba.
Rosemary no tenía intención de quedarse en Mattersson. Se apeó del autocar para tomar un café con leche durante la parada, hojeó el diario local por pura curiosidad y encontró un anuncio que ofrecía un sueldo magnífico a una profesora de piano. Un desconocido que bebía whisky en la barra, Leo Murray, intentó disuadirla con una advertencia sin rodeos: el dueño de aquella casa era un asesino, responsable de la muerte de cuatro hermanos de la familia Greene, aunque nadie hubiera podido demostrarlo. Ella no le hizo caso. Semanas después, subiendo la escalera de mármol con una caja alargada que va dejando un rastro de sangre en el suelo, comprende que aquel consejo era el único que importaba.
La casa pertenece a Ronald Wynn, un hombre de mirada oscura y personalidad avasalladora, capaz de imponer su voluntad sin necesidad de ordenar nada. Los paquetes llegan uno tras otro, cuatro en total, y su contenido arranca de Wynn no un grito sino un rugido animal. La policía, que ha acordonado la casa, lo detiene antes de que pueda salir a buscar al remitente: un hecho fortuito acaba de entregar la prueba que faltaba en el caso Greene. Wynn acepta su culpabilidad ante los jueces y es condenado a la cámara de gas.
Rosemary cree haber quedado al margen. Se equivoca. Leo Murray, periodista que ha convertido el caso en su ocupación, le lleva una noticia imposible: el condenado la ha nombrado heredera de doscientos millones de dólares. A su hija Evelyn le deja la mansión y un millón; el resto es para una muchacha con la que nunca tuvo trato alguno. Hay, eso sí, dos cláusulas indispensables. Rosemary deberá presenciar la ejecución y, después, vivir tres meses exactos en la casa de Mattersson. Ni un día menos.
Wynn muere riendo, con la mirada clavada en ella, no como un hombre que ha perdido el juicio sino como quien acaba de dar un jaque mate del que nadie podrá recuperarse. El regreso de Rosemary a la mansión, entre niebla espesa y presagios, confirma sus temores: las paredes están cubiertas de hachas de todos los tamaños, colocadas por deseo expreso del difunto; Evelyn recibe a la heredera con una sonrisa dulce y una revelación devastadora; y tres pretendientes del pueblo, antaño interesados en la hija, empiezan a rondar la casa atraídos por el dinero que ahora tiene otra dueña.
Cuando Rosemary pide auxilio por carta, alguien desliza en el mismo sobre una advertencia escrita con la mano izquierda, y en el camino a la casa esperan más avisos, una trampa preparada entre la hojarasca y un filo lanzado a la altura exacta de una cabeza. Leo Murray llega decidido a encontrar el doble fondo de una realidad que ya intuye trágica. La primera hacha no tardará en caer, y con ella la certeza de que el plan de Ronald Wynn sigue funcionando con precisión de reloj mucho después de su muerte.
Relato de intriga clásica con una atmósfera abiertamente gótica —mansión aislada, servidumbre que calla, niebla, testamento maldito—, la novela alterna el escalofrío del crimen atroz con la ligereza del cortejo entre la protagonista y el periodista, y avanza por capítulos breves que cierran siempre un instante antes de lo que el lector desearía. Su motor no es solo averiguar quién empuña el hacha, sino descifrar por qué un condenado a muerte gastó su última voluntad en encerrar a una desconocida en la escena de su propio crimen.
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